Vida y Milagros

El corazón del juego

La fiesta de cumpleaños de mi hermana duró 36 horas. Empezó con una comida en mi casa en Puebla y terminó al día siguiente en la suya, en el D.F., a las 12 de la noche, la hora en que se cumplen o se rompen los sueños, viendo el partido de México contra Estados Unidos. Dado el glorioso final del partido, nuestros sueños llegaron a buen puerto en medio de un griterío parecido al de una cantina de barrio, en donde se juega una partida de cartas con baraja española.

La comida en mi casa fue chiquita y más que la celebración de un cumpleaños fue la reiteración de un pacto de amistad que empezara hace 50 años entre mi hermana y una amiga a la que conoció a los 10, en tercero de primaria. Sus caminos se bifurcaron muy temprano y cosas muy distintas sucedieron en las vidas de ambas, pero siempre, en los momentos cumbres de felicidad o de desastre, vuelven a encontrarse para retomar la amistad que inició cuando ninguna de las dos adivinó que la suya sería de las que duran toda la vida.

Cosa rara las amistades largas y por casualidades del destino, la fiesta de mi hermana fue un pretexto para que viniera a Puebla a tocar base con su amiga, remolcando a su marido fuera de la guarida que él tiene en el D.F., un estudio lleno de libros acompañados por una televisión enorme. Dicho estudio se convierte en un palco de futbol virtual y muy concurrido, donde circula el vino y el tequila cuando hay partidos importantes, y si no son importantes, también. El palco abre muy seguido.

Del lado de nuestra casa original, mi papá y mis hermanos fueron fanáticos del futbol desde que yo tengo memoria. Mis hermanos fueron miembros activos y muy destacados de equipos de futbol escolares. Por las tardes, el jardín de mi casa mutaba en cancha vecinal, en donde se jugaban partidos de cuatro contra cuatro o al que mete gol, chutando despiadadamente contra las bugambilias y alcatraces. Los domingos a medio día, la pequeñísima sala de estar se convertía en un centro de culto en el que los cuatro hombres de la casa, todos apretujados en un sofá, veían jugar al Atlante o a las Chivas y se odiaba por puro gusto y prejuicio al América. A mi papá le encantaba llevar la contra, criticar a los locutores, a la selección nacional e irle al más probable perdedor, sin dejar de apesadumbrarse cuando los entonces llamados ratoncitos verdes eran derrotados.

En la familia del marido de mi hermana resultó que también se cojeaba del mismo pie. El futbol fue motivo de culto por igual. Luis Miguel Aguilar encabeza a los fanáticos ilustrados de esa familia, pero por eso mismo , debido a su barniz de ilustración, son aún más locos que los nuestros o por lo menos igual. En su debido momento a mi marido le picó también el bicho del futbol, después de haber despreciado por años los gustos arrabaleros de mi familia. Se dio el lujo de meterse a la directiva del Puebla y presidirla a finales de los ochentas y por 4 años, de lograr con esa directiva los últimos grandes campeonatos que tuvo el Puebla y de formar parte del grupo que le arrebató a Televisa por dos años el control absoluto que han ejercido sobre los destinos del fútbol mexicano. Como experiencia le valió la pena, aunque cara pagó su osadía. Eso sí, se volvió un converso más, y de paso contagió a mi hijo y a mi hija mayor con el virus del apasionamiento por el futbol.

Al otro día de la fiesta de mi hermana y todavía crudos de desvelo, vino y conversación, entre ella y su marido nos convencieron de ir al D.F. a ver los dos partidos del sábado, el de México-Canadá y el temido México-Estados Unidos, que podría llevarnos a la Copa Confederaciones. Así que en la tarde del sábado nos encontramos en el palco virtual una bola de personas que en la vida diaria parecemos normales, pero que ante el juego de México-Estados Unidos regresamos a comportarnos con los bajos instintos del clan del oso cavernario. Durante el juego pasamos del triunfalismo tempranero, al desencanto y al sufridero del empate 1 a 1 y al martirio de los tiempos extras. De nuevo la gloria y el abismo con el empate a 2. A partir de ahí , lo que imperaba en el palco era la ansiedad, la angustia, el mentadero al jugador que se equivocara, el calificativo de asesinos seriales por el hecho de estar pelones y al número 8 de los gringos. Luego el encono derivó sobre el entrenador alemán Jurgen Klismann, con injustas alusiones a desconfiar de él porque sus compatriotas de la VW hicieron trampas con once millones de motores. No venía al caso, pero en el amor, en el juego y en la guerra todo se vale, y el palco estaba armado hasta los dientes con improperios y pasiones exaltadas.

Mi hermano Carlos se acercaba al televisor con el puño cerrado ante la menor falta de un gringo y Daniel, que solo se enoja una vez al año, la agarró contra los mexicanos que fallaban al más puro estilo chaquetero. Todos nos dirigíamos al Tuca como si fuera un dios capaz de escuchar a distancia y conceder milagros. Casi al final, Luis Miguel recuperó la calma, y como en un conjuro describió como debía de "coserse e hilvanarse" la jugada para lograr el gol del triunfo. Todo menos ir a penales. Un minuto después, como por nota, la jugada soñada por Luis se dio, y cayó el tercer gol de México.

Todo lo dicho durante el encuentro partidista no representa la línea de pensamiento de nuestras familias, ni que de corazón seamos xenófobos, simplemente es producto de la sinrazón y la falta de cordura que produce el fútbol y la exaltación de la amistad que florece regada con un poco de vino.