Vida y Milagros

El camino de la transgresión

Todos somos transgresores en potencia, uno más otros menos, pero en algún momento de nuestras vidas cometeremos una o muchas transgresiones, mayoritariamente pequeñas. Quien diga que nunca se ha pasado un alto, tirado una basura en la calle, estacionado en lugar prohibido, cruzado por en medio de la calle o manejado con unas copas de más, miente o merece estar en un museo. 

Creo que la decisión de transgredir dependerá de que tan inadecuada o innecesaria nos parezca la regla que violentaremos, el costo-beneficio que obtendremos y el cálculo entre el tamaño de las consecuencias y la posibilidad de ser sorprendidos. Leyes y normas razonables y consecuencias ciertas por incumplimiento son lo que acota la conducta humana. 

Entre más grande es una comunidad, más reglas se implantarán para una tolerable convivencia, pero las transgresiones a las reglas serán una tentación cuyo límite respetaremos por convicción o porque no estamos dispuestos a aceptar las consecuencias. En México están prohibidas muchas cosas, pero la vigilancia para el cumplimiento de la norma o la convicción motivadora suelen quedar cortas, y es así que los pequeños ladrillos de la civilidad se rompen cada día.

Hay dos ejemplos que me encantan cuando pienso en este tema. En el primero, un policía está parado en un espacio público junto a un letrero que dice “Se Prohíbe Fumar “. Un señor se acerca y le dice -¿Me puedo fumar un cigarro?- el policía le dice -¿Qué no ve el letrero que dice que no?- ¿Entonces, de quién son todas esas colillas? - De los que no preguntan- le dice el policía. Las colillas son de transgresores que han encontrado a una autoridad negligente ante una norma que a ellos no les parece respetable. El otro ejemplo lo vi en internet y es un experimento inofensivo llevado a cabo en un kínder: cerca de la hora de recreo, la maestra pone un platón de pastelitos cubiertos de merengue en la mesa del salón en donde se servirá el almuerzo, acto seguido abandona el salón y les dice a los niños de cinco años que no deben de tocar los pastelitos hasta que ella regrese, sin dar mayor explicación. Una cámara filma a los niños, y conmueve ver como en los primeros minutos esperan con tranquilidad; el tiempo corre lento en la infancia, y conforme pasa y la maestra no regresa, los niños irán tomando diferentes actitudes: unos cerrarán los ojos y los apretarán para no ver la tentación, otros se cruzarán de brazos y se retorcerán nerviosos en sus sillitas, hasta que hay uno que se levanta y le da el primer dedazo al merengue; unos minutos después todos los niños estarán comiendo pasteles. La maestra no les ha dicho porqué no pueden comerlos, ni que consecuencias habrá si lo hacen. Y entonces el impulso transgresor hace su aparición.

Cuando cursé la secundaria, en nuestro pequeño colegio trabajaba una portera llamada Alicia; tendría cinco o seis años más que nosotros y ya era mamá de un bebé. En nuestro colegio estaba prohibida la comida insana, podías llevar el lunch de tu casa o comprar las tortas que vendían en el colegio, siempre de lo mismo. Afuera de la escuela estaba la mejor vendedora de antojitos de la zona, con especialidad en molotes y gorditas; por módica propina, Alicia salía y regresaba con un tambache de diez o quince molotes escondidos entre el rebozo y su bebé. También podía traer un paquete de satanizados chicles, tamarindos, churritos con limón y chile, todo lo prohibido en el colegio.

Un sábado, en época de exámenes finales, Alicia, ya encarrerada con el tráfico de cosas, le fue a avisar a una de nuestras compañeras con la que más amistad traía, que acababan de ir a dejar al colegio los exámenes de física y que el clóset de la dirección estaba abierto, su aviso cayó en blandito en el mercado de la desesperación de las que fallábamos en esa materia; de 25 alumnas, 15 éramos las urgidas. Corrieron las llamadas por teléfono y Alicia sacó el examen entre el niño y el rebozo, se copió el examen y el original se regresó sin contratiempos a su lugar; una de las aplicadas que era de confianza lo resolvió y luego circuló entre las necesitadas. Por supuesto nos cacharon, todas negamos todo. Pero la directora tenía colmillo de policía mexicano y nos aplicó la prueba del bolígrafo: simplemente nos repitieron el examen, hubo muchas reprobadas.

Las prohibiciones se pueden acatar por convicción, cuando entendemos que detrás de ellas hay un bienestar colectivo o una explicación poderosa y lógica de que dicha prohibición acarrea beneficios, también se acatan cuando sabemos que habrá consecuencias superiores al beneficio de transgredir. No asumir que en cada uno de nosotros hay un transgresor en potencia es no entender la naturaleza humana, por eso no debe prohibirse a la ligera, ni tampoco permitir la transgresión sin consecuencias; y no me refiero a transgresiones religiosas o códigos morales, porque eso es absolutamente personal; yo me refiero a las reglas de convivencia en un país. Y lo reflexiono porque me asusta la guerra desatada en México, a raíz de la prohibición de producir y consumir ciertas drogas, prohibición que les compramos a los norteamericanos, aún cuando su enorme alberca de consumidores aumenta cada día, en especial de los productos derivados de la amapola, porque la siembra de marihuana, permitida en México hasta hace medio siglo y ahora tolerada en Estados Unidos, hoy está absolutamente prohibida en nuestro país.

Después de diez años de prohibición de alcohol en Estados Unidos (1923-1933), fue derogada por absurda, dañina y porque el que quiso emborracharse siempre encontró con qué. ¿Por qué no se ha hecho lo mismo con respecto a las drogas? ¿Quiénes se benefician de la prohibición? ¿Por qué no sustituir prohibición con prevención? ¿Por qué no regular la producción y el consumo? ¿Qué tanto amenaza a la misma economía ilegal de Estados Unidos? ¿Por qué hemos aceptado esa prohibición sin darnos cuenta de que como país no la podemos hacer cumplir?

¿Cómo hacer para desmontar el edificio perverso de simulación, corrupción y ganancias estratosféricas de una economía clandestina de narco dólares, a la que el país está acostumbrado ya?