Vida y Milagros

¿El asesino solitario y perfecto?

Cada año, el 22 de noviembre, aniversario del asesinato de John F. Kennedy, aparecen en los medios los recuerdos de ese día y el nombre de Lee Harvey Oswald, como el hombre clave y central de dicho crimen. Se han escrito libros y filmado películas, en particular la de Oliver Stone, que hacen énfasis en la conspiración o por lo menos en la intervención de más de un tirador en la Plaza Dealy. Aún así, 50 años después, el nombre de Oswald se deja caer como el de un asesino solitario y perfecto.
¿Por qué entonces la necesidad y la facilidad para matarlo dos días después? Para los que algo saben de armas consideran imposible que un solo hombre pudiera disparar en solo ocho segundos, con un rifle de cerrojo y sobre un blanco en movimiento.
Hay varios datos inquietantes que uno puede ver en las fotos de ese día. En el coche en el que viajaba el presidente no sólo no había un capacete transparente de protección, sino que ningún guardaespaldas iba asido a las manijas y pisaderas laterales del coche, mientras que en el coche de atrás, en el que viajaba Lyndon Johnson, los agentes del servicio secreto cubrían perfectamente a los ocupantes, desde los estribos y pegados a las manijas. Hay quienes aseguraron que había sido un petición del presidente Kennedy para mostrar su confianza hacia el pueblo de Texas, en donde no era muy popular.
Por cierto, la víspera de su asesinato, Kennedy durmió en Texas, y las personas que lo recibieron en el hotel le prepararon una habitación particularmente bonita, consiguiendo prestados en el museo local, un cuadro de Van Gogh y la hermosa escultura de un búho, entre otros objetos. Antes de abandonar el hotel, él y su esposa dedicaron 45 minutos a admirar cada una de las obras de arte que sus anfitriones habían colocado ahí para él. ¿Quién iba imaginar que pasaría su última noche rodeado de belleza y calidez?
En la autopsia del presidente Kennedy estuvieron presentes cerca de cincuenta personas, entre ellos dos agentes retirados del FBI, quienes aseguraron que el presidente tenía no dos heridas, sino tres, una en la garganta que luego confundirían con la herida de la traqueotomía, reduciendo oficialmente las heridas a dos. La del pecho que entró por la espalda y la del occipital derecho que lo arrojó hacia atrás.
Los mismos agentes aseguraron que fotos y radiografías de la autopsia desaparecieron del expediente y los informes oficiales. En la película filmada en el momento del crimen por un testigo casual de apellido Zapruder, cuando el presidente es lanzado hacia adelante por la primera bala, la supuesta bala que también heriría a Connally, éste no se ve herido aún.
De acuerdo a la película, todos los tiros serían disparados en ocho segundos. Todo esto sucedió a las 12.30 a.m. Después de los fatídicos ocho segundos, el coche que llevaba al presidente partió al hospital en el que una hora después se le declararía muerto.
Mientras esto sucedía, el vicepresidente texano, Lyndon Johnson, ordenó que el coche del presidente fuera limpiado de manera inmediata, aun cuando era un elemento esencial para la investigación que habría de seguir.
Oswald, en una época en que Estados Unidos estaba sumido en la paranoia de un anticomunismo radical, era un hombre diferente y con el perfil ideal para ser sospechoso: era simpatizante del socialismo o el comunismo, estaba casado con una rusa, había hecho varios viajes a México para tratar de conseguir una visa que le permitiera entrar a Cuba y al igual que muchos jóvenes de entonces, admiraba a un joven Fidel Castro que había llegado al poder destituyendo a Batista, un dictador cruel que llevaba ocho años en el poder.
Ese perfil de Oswald de ninguna manera lo vuelven un francotirador y asesino solitario perfecto. Si lo hubiera sido, ¿Porqué colocarlo esposado e indefenso como un cordero para ser asesinado fácilmente, antes de que pudiera hacer declaración alguna ante un tribunal?
Tantísimos años después uno se pregunta: ¿quiénes salieron beneficiados? Los grupos armamentistas, petroleros y radicalistas de derecha extrema que entraron a la Casa Blanca por la puerta grande, primero con Johnson y luego rematando con George Bush Jr., de triste actuar y memoria, cuya torpeza y ambición metió a Estados Unidos en un Medio Oriente convulso que no sólo nada en violencia, sino que flota sobre petróleo y recursos minerales.
Paradójicamente, el hombre al que probablemente admirara el joven de 23 años, Lee H. Oswald, Fidel Castro, acabó siendo un dictador que cincuenta años después sigue ejerciendo el poder en Cuba por medio de su hermano. Nadie en su sano juicio puede creer que es irremplazable para su país. Quien se aferra así al poder provoca miedo y desconfianza, aunque no el que provocan los grupos imperialistas y desatados de nuestro vecino país.