Vida y Milagros

“ El arte de la pérdida es fácil de dominar”

Insomnio, calor, sabanas revueltas y quemantes, almohadas en el suelo o encima de la cara. -¿Todo en ti fue naufragio?- me pregunta Neruda desde la esquina de un poema, mientras pretendo que no he despertado a media noche. Quedan pocas horas antes del amanecer, defendiendo conmigo la plaza de los sueños con la espada desenvainada, luchando contra las poderosas estrategias de guerra que atesora el insomnio.

Estoy en ese raro e inquietante momento en que confundimos el desencanto con la verdad. ¿Qué nos da insomnio? ¿Por qué, de un día para otro, más bien de una noche a otra, resulta que el insomnio ya es viajero frecuente y distinguido, sentado en la clase premier de nuestras noches? ¿Será que lo invocamos cuando nos da por pensar que en los tiempos de ayer, no vimos o entendimos el mañana que fatalmente llegaría con su factura de inconformidad? ¿Lo invoca la falta de fe en el futuro y el miedo a volver a mal interpretar el hoy, que nos hará no entender el mañana otra vez? Peligrosa es la fe, cuando- como dice Gil Games-, toma el lugar de los acontecimientos verificables. Pero pienso que a veces resulta más peligrosa la ausencia de ella. ¿Qué daña más, una esperanza o un desengaño? 

Por mi cabeza ronda una película llamada originalmente “Flores Raras” y titulada en México “Tocando la luna”, una historia de amor entre dos mujeres, la poetisa americana Elizabeth Bishop y la arquitecta brasileña autodidacta Lota de Macedo. La historia está regida por la ausencia de convencionalismos, el poder, la certeza de que en los desencuentros amorosos no hay géneros, la política, el alcoholismo de Bishop, la bipolaridad de Lota, pero sobre todo, por el arte de dominar las pérdidas. Pienso en esas dos mujeres notables, viviendo su amor en el alto medioevo del siglo XX, en 1950.

Me estoy desviando y perdiendo el tema de la fe como asidero a falta de acontecimientos verificables. Y lo estoy perdiendo porque estoy recordando que la película de “Flores raras” empieza con el poema de Elizabeth, llamado One Art. Ella nos tienta con la idea de que perder es un arte de dominio fácil, porque a diario lo practicamos, queramos o no. Nos reta a aceptar el hecho de que la vida es una continua pérdida: perdemos las llaves, la paciencia, el movimiento ágil, a seres muy queridos, la infancia, el monedero, el sueño. Perdemos tantas cosas y tanto. La práctica constante puede conducirnos a la maestría y a la aceptación del desastre perfecto que suelen ser las pérdidas.

Si vamos a ser artistas de la pérdida, asumamos que también perderemos el sueño, y perdamos de una vez la fe, porque es un estorbo que nos dificulta la contemplación cruda de la realidad. Cuando la pérdida de fe y el insomnio se dan la mano, entonces sí que la noche se vuelve un cabaret de corceles galopando furiosos sobre el ring en que se convierten los lechos en que nos embarcamos a cruzar nuestros mares nocturnos.

En una cama se pueden desatar batallas memorables de amor, odio, encuentro y desencuentro, de insomnios inclementes, regidos por los demonios de la memoria que nos dice al oído- hubieras hecho esto, hubieras hecho lo otro, y lo de más allá, y ahorita estarías por aquí, y por acá, dando batallas diferentes- ¿Qué batallas estaría yo dando? He caído de boca en el riesgo de especular e interpretar mal el posible mañana que no fue.

Y me dieron las diez y las once, las doce y la una ,y las dos, y las tres...Las horas que me quedan de sueño y mi persona, estamos siendo derrotadas despiadadamente por el insomnio , que va dejando sobre la arena del colchón minutos descuartizados, horas mutiladas y las ilusiones rotas de recuperar retazos de sueño.

Tenemos desventaja en la batalla porque el insomnio es como los búhos y los murciélagos, que no se guían por los ojos ni necesitan la luz para atacar. Los tres son maestros de la noche, con sonares en las orejas, las plumas y la piel que los hacen tremendamente peligrosos. Yo estoy a ciegas.- ¡Horas a mí!- y las convoco a retirada y conciliábulo en la orillita de la cama, a tratar de recuperar posiciones con fe de iluminados, que nos haga creer que aun es posible dormir bien unas horas.

¿Tengo fe o tengo armas verificables? Tengo armas: la pálida luz del celular y las sorpresas de correos no leídos. Tengo las perfectas síntesis informativas y los mejores artículos del día que aun no amanece, que manda el Maestro Ulloa entre cuatro y cinco de la mañana. Y mi libro electrónico detenido en el capitulo de “La Regenta”, en el momento de la historia en que el obispo de una ciudad española del siglo XIX, está a punto de seducir en el confesionario a la más casta y hermosa de sus fieles. Este libro mágico es un alfil clave contra el insomnio, porque es un libro que puedes leer a obscuras, al que tocas y prende en la página en la que te quedaste dormido hace dos horas.

¿Qué más tengo? Pasiflorina en jarabe y en pastillas, las gotas homeopática “Herprek”, disueltas en alcohol y de las cuales puedes chupar directamente de la botellita hasta quedar más borracha que Bishop. Tengo aceite activador anti estrés.

¿Es suficiente el arsenal con el que regreso al ring a tratar de vencer al insomnio? El insomnio tiene, como todo agente de poder, traidores infiltrados en las filas enemigas, o sea, yo. Su aliada es la mente que se regodea en el “hubiera” que nos desvió por la senda que modificaba el mañana. Que complicado. Esta noche yo tengo el arma vencedora en el poema de “ Perder es arte de fácil dominio”, que tradujo espléndidamente Luis Miguel Aguilar y que Bishop terminó de escribir cuando su pasión por Lota estaba en su apogeo. Seré una maestra en el arte de perder. Aprenderé en las horas robadas de sueño, contando y procesando las pérdidas de este día, esta semana, este mes, esta vida, y así contando, repito como mantra un solo verso: -Pierde algo a diario, asume el desconcierto...- Acepta la catástrofe y quédate dormida.