Vida y Milagros

Trenes perdidos en la oscuridad

Ya es lunes, día siguiente de una de las elecciones más controvertidas e inciertas  que yo recuerde. Pero cuando esto escribo es  domingo por la tarde, y mientras los resultados fluyen ,termino de leer un libro que nos habla de lo que fueron los trenes mexicanos de otros tiempos; mi cabeza está llena del vapor y la memoria de las historias ahí narradas de manera curiosa y puntual .Hoy el mar electoral aun está demasiado revuelto y no sabremos  con exactitud de que manera habrá quedado conformado el alcázar que habita el sistema político mexicano y los subsidiados  partidos, cuya construcción y mantenimiento este año han costado al país 21,700 millones de pesos.

Ya habrá tiempo de hablar de eso, con las aguas calmadas. Mientras, disfruto del recuerdo y lo que queda de la estación del tren que inaugurara Benito Juárez en la ciudad de Puebla  el 16 de septiembre de 1869. Ese día, México y Puebla quedaban unidos por el tren gracias a  una de las iniciativas más audaces  y constructivas de que se tenga memoria en nuestro país. Tanto liberales como conservadores tuvieron su mérito en ello.

Lo del tren es excepcional porque nació en medio de conflictos y guerras; se nos dio muy bien el pleito y el destrozo a lo largo del siglo XIX mientras intentábamos consolidarnos como nación, jaloneados entre las ideologías y los intereses económicos de entonces, las presiones extranjeras, las enormes diferencias e injusticias sociales, y por la mano negra de una parte del clero que se negaba a aceptar la separación de la Iglesia y el Estado, aferrándose a las enormes riquezas acumuladas durante el régimen colonial. 

Al final de las Guerras de Reforma y con el país destrozado, los liberales triunfantes se apostaron a partir de 1857 por unir y fortalecer al país por medio de una ambiciosa red ferroviaria, apoyándose, por cierto, en una familia muy rica y conservadora de apellido Escandón, que obtuvo la concesión “A Perpetuidad” para la línea México-Veracruz. “Perpetuidad”...¡Qué palabra más falsa! No existe nada a perpetuidad. Visite usted un panteón y mire las tumbas derrumbadas, con fechas del siglo pasado y antepasado, con las palabras  “A Perpetuidad” inscritas sobre las lápidas rotas que cubren huesos hechos polvo.

Corría el año de 1860 y el tren se iba armando con tesón sobre nuestra complicada geografía. La historia del ramal que llegaría a Puebla y su estación,  nos la cuenta de forma amena y puntual la Doctora en Historia por la UNAM Emma Yanes Rizo. En mayo de 2015 regresé a la vieja estación poblana  a la presentación del libro “ De estación a Museo”, un libro fantástico y entrañable, editado por Conaculta.

La estación, ubicada sobre la once norte, entre la diez y la 18 poniente, frente a la Iglesia del Señor de los Trabajos, aún sobrevive de pie a pesar de los embates destructores y consistentes que los poblanos y sus autoridades han ejercido en contra de su patrimonio histórico. El viejo edificio de estilo inglés ha sido convertido en museo del ferrocarril y está rodeado de árboles y máquinas que parecen dinosaurios dormidos, como esperando  oír de nuevo el rumor de los viajeros para volver a pitar y transportarnos hacia la ciudad de México o rumbo a Veracruz.

A las siete de la noche, 146 años después, en medio de la lluvia y la neblina, la estación y sus viejas máquinas condenadas a la quietud, tienen un aire fantasmal. Las hojas de los pirús, los álamos y los fresnos se agitan con el viento, y sus troncos brillan húmedos, alumbrados por la pálida luz de los faroles. ¿Cómo es que perdimos el tren? ¿Cómo, si su red llegó a ser inmensa y eficaz?¿ Cómo, si incluso durante la guerra de intervención francesa, Maximiliano continuó con el proyecto, apoyado por los ingleses y el mismo Antonio Escandón, a quien muchos consideraron un traidor.

Al ganar la guerra, Juárez retomó el proyecto, y en un despliegue de pragmatismo, cerró los ojos a los pecados imperialistas de los Escandón, olvidando el colaboracionismo con el imperio para continuar el trato con ellos y los ingleses, invitados por Maximiliano para invertir en el tren. Después de años de guerra el país estaba quebrado y Juárez sabía que se necesitaba la inversión extranjera y local para seguir con el ambicioso proyecto ferroviario. 

Obstáculos hubo muchos, pero por fin el tren llegó a Puebla y su flamante estación, en un recorrido que parecía, en voz de los cronistas de la época, un sueño mágico, pues recorrías una milla en menos de dos minutos, y en cuatro horas llegabas a Puebla, después de pasar junto al lago de Texcoco, los valles pulqueros de Apan, los de Tlaxcala y la hermosa zona montañosa de la Malinche.

Hay una anécdota en el libro que nos hace ver que la violación a la ley ya se daba de manera parecida a la de ahora: en 1870, la banda de Paulino Noriega asaltó el tren por primera vez al pasar por la hacienda de Tepexpan, en Puebla, robando los equipajes y otros bienes de los pasajeros. Además, Noriega, amante de atacar los derechos constitucionales,  exigió a la compañía ferroviaria la cantidad de 20 mil pesos para que el tren pudiera transitar sin novedad por sus territorios. ¿Cómo ven su petición? : “He detenido una máquina como prenda pretoria y la retendré mientras no se me remitan los primeros cinco mil pesos”.-  

La revolución mexicana, la llegada del automóvil y muchas otras circunstancias, acabaron con una de las redes ferroviarias más impresionantes del mundo. La mayoría de los edificios que daban sustento administrativo a toda la red ferroviaria, hospitales, escuelas y estaciones,  fueron destruidos sin el menor respeto. La sobreviviente estación de tren de San Pedro Cholula, en la base de la Pirámide, fue convertida en Oxxo hace pocos años.

A las nueve de la noche, en plena oscuridad, salí de la antigua estación del tren por la entrada lateral de la diez poniente. En la Plazuela del Señor de los Trabajos, en una lonchería, un trío toca boleros desgarradores. ¡Qué solas se miraban las máquinas, o qué sola las contemplaba yo, con una añoranza enfermiza de recuperar el fragor y el silbido del tren en nuestras vidas.

Ojalá que este lunes despertemos con noticias de una pacífica jornada electoral, independientemente de todo lo que debamos mejorar y corregir en el sistema, que es muchísimo. Vayamos poco a poco. No destruyamos y desbaratemos de a gratis. Hay cosas, como el tren, que se rompen para siempre.