Vida y Milagros

Poder, riqueza y muerte

Muchas veces me he preguntado cuál es la motivación y el límite de una persona en su afán de acumular dinero. Entiendo perfectamente que el dinero y el poder van de la mano, pero vuelvo a mi pregunta: ¿hasta dónde puede llegar un ser humano en su búsqueda de poder y riqueza y que es lo que pasa por sus cabezas en medio de esa búsqueda frenética? ¿Se detendrán alguna vez a pensar que nada los protegerá de la muerte? Los niños y los adolescentes tienen poco sentido de la mortandad, lo ven como algo que les sucederá a otros. Los seres sedientos de poder y dinero deben seguramente tener rasgos de infantilismo psicológico en sus personalidades.
Puestos a pensar en la muerte, ¿pensarán que la inmortalidad de su memoria y su bien pasar en el otro mundo, si es que este existe, pueden ser compradas con dinero? Hay dos anécdotas de la vida de Alejandro Magno que me gusta recordar, porque me parecen representativas de dos momentos en la vida de un hombre que buscó compulsivamente la riqueza, el poder y la gloria, sea lo que esto signifique. ¿Sus cinco minutos de fama en la historia? Como otros hombres poderosos, no escatimó sangre ni crueldad en esa búsqueda. Educado por Aristóteles, fue un hombre inteligentísimo, culto y refinado, en el que sin embargo pesó más el pésimo ejemplo de ambición y prepotencia que observó en su padre durante sus primeros años.
Infancia es destino, dicen los que saben. Su vida osciló entre dos cosas opuestas: anhelaba ser un espíritu superior, un filósofo, pero lo dominaba un apego excesivo a los bienes materiales, quizás asociados al poder que estos dan a su poseedor. Vivió como huyendo de sí mismo, buscando quizás el absoluto por medio de todos los placeres y adicciones imaginables. El espíritu superior luchando constantemente con el ego y los apegos que este suele demandar. Cuando a los veinte años hubo dominado todo el territorio conocido alrededor del mediterráneo, sintiéndose dueño de un poder absoluto, decidió partir a conquistar a los enigmáticos persas.
En su camino hacia allá, pasó por un pueblo en el que vivía el gran filósofo llamado Diógenes, quien vivía desnudo a la orilla del mar, y cuya única posesión era una lámpara con la que buscaba incansablemente un hombre justo. Avisado Alejandro de que el famoso filósofo estaba cerca, desvió su comitiva y se presento ante él. Diógenes, tendido en la playa, no se movió para recibir al poderoso, temido e invencible rey, el dios mortal que se creía incluso dueño de la vida de las personas a las que usaba como marionetas oportunas. Alejandro, intrigado, le dijo: "¿Qué no sabes quién soy? ¿No sabes que soy el hombre más poderoso de Macedonia y que puedo concederte lo que quieras?", "Nada de lo que tú puedas darme me interesa", contestó Diógenes.
Picado en su orgullo y confrontado con una visión del mundo opuesta a la suya, en la que el poder y la riqueza no tenían el valor que él les concedía, Alejandro insistió: "No entiendes quién soy, que yo puedo darte lo que pidas, porque todo lo puedo." El filósofo se quedó pensativo y finalmente dijo: "sí, sí hay algo que puedes hacer por mí", Alejandro sonrió orgulloso ante su séquito, al que creía demostrar que todos tienen un precio, así que pregunto a Diógenes: "Pues bien, que es lo que puedo hacer por ti".
Diógenes le dijo: "quiero que te quites porque me estas tapando el sol". Como era inteligente, Alejandro se supo vencido y se retiro silenciosamente, sin venganza ante la humillación, pero en el fondo de su mente guardó la lección. Trece años después, tras un vida de excesos, sangre, abuso de poder, de traiciones y horrores entre su primer círculo de amigos, a los 33 años, ya agotado en todos sentidos, en su lecho de muerte Alejandro les comunicó a sus generales sus tres últimos deseos: que su ataúd fuera llevado en hombros por los mejores médicos de la época; que los tesoros que había acumulado salvajemente, los más preciados, oro, joyas, piedras y metales preciosos, fueran esparcidos por el camino hacia su tumba, y por último, que sus manos quedaran balanceándose al aire, fuera del ataúd y a la vista de todos.
Uno de sus generales, asombrado por sus insólitos deseos, le pregunto sus razones. Alejandro explicó: "quiero que los médicos carguen mi ataúd para recordarle al mundo que ellos no tienen, ante la hora de la muerte, el poder de curar. Quiero que el suelo se cubra con mis tesoros para que vean que los bienes materiales conquistados en la tierra, aquí permanecen, y quiero que mis manos se balanceen al viento para que nadie olvide, como lo olvidé yo, que con las manos vacías partimos cuando se nos termina el más valioso tesoro que existe y que es el tiempo que se nos concedió vivir."
El recuerdo de Diógenes y la lección no aprendida que le regalara cuando era solo un muchacho que se sentía inmortal e invencible, regresaron a él. Poder, riqueza, orgullo, vanidad, avaricia, insensatez, nepotismo y prepotencia como compañeros de vida. Los hombres del poder y el dinero suelen sufrir el síndrome que Alejandro Magno padeció a lo largo de su vida. Olvidan contumazmente que de aquí nos vamos con las manos vacías.