Vida y Milagros

“Mudando los recuerdos”

En una entrevista reciente, el compositor y cantante cubano Pablo Milanés dijo una hermosa frase: “ Al cumplir los cincuenta años, entré en una  melancolía profunda. Hoy sigo navegando en esa nube en la que se empiezan a apagar las luces de la fiesta”. Me encandiló su frase, como cuando contemplas por un largo rato el fuego de la chimenea o la luz oscilante de una vela. Hay frases que no te sueltan hasta que tocas fondo con ellas.

Es cierto que a esa edad pareciera que las luces empiezan a apagarse, pero también se encienden otras, más sutiles y tenues, que mitigan y suavizan la luz con la que miramos a las personas y las cosas que nos acompañan en la vida, dándoles otro matiz que difumina los bordes toscos y evidentes que da la luz del sol del medio día, crudo y quemante como un soplete en la nuca.

No se apagan las luces de la fiesta, solo mutan, trayendo a nuestras vidas una luz mágica , sabia y tenue que todo lo transforma, como lo hace el sol cuando está a punto de sumergirse en el mar o perderse detrás de los volcanes. Esta luz es la que me ha hecho cambiar de prioridad y de lugar los recuerdos y objetos que tengo cerca, en el día a día, junto a mi mesa de trabajo o en un rinconcito de mi clóset. También me ha hecho colocar en diferente lugar a las personas que quiero tener próximas, ya sea por el correo, en una caminata o en un rincón en el que me guste conversar. Digamos que la luz de la tarde provoca mudanzas.

Hubo un tiempo en que viví aferrada a un dije que colgaba de mi cuello. Hoy no sé ni dónde fue a parar, pero sí conservo un pequeño pañuelo con las iniciales bordadas de mi madre cuando era una adolescente llena de sueños como los tuvimos todos a esa edad.

Tengo enmarcados frente a mí, tres escritos de mis hijos, todos insustituibles: el primero es de mi hija mayor, una cartita que escribió a los seis años dirigida al presidente Miguel de la Madrid y que acompañó con un dibujo del río Atoyac como ella lo veía.

En la carta solicita a la autoridad que haga su trabajo. Dice textual: “Señor  Presidente: el río Atoyac está contaminado, lleva llantas, botellas, papeles, bolsas, cartones y está de color entre gris y café. No veo pescados. La gente echa basura y en primavera huele feo. Yo pienso que tiene que ser mandado que no se eche nada.  Usted debe obligar a eso”.

¿Cómo no recordar que antes de que yo aprendiera que hay que hacer algo por nuestro país, mi hija lo hizo y me usó como intermediaria para mandar su mensaje que solo pude hacer llegar a un periódico, jamás a la autoridad de ese momento.

Tengo otra cartita que mi siguiente hija  escribió a los seis años y que rescaté, partida en dos, de la basura. “Hola. Este diario se trata sobre animales y gente. Lo hice el dos de Octubre del 86 en el siglo veinte. Me llamo Lorena, escribo sobre mis amores tristezas y penas”. Abajo un  rojo y roto corazón cruzado por una flecha. - ¿Quién de amor no ha sufrido un desengaño y qué mejor que empezar temprano para acabar pronto? Entre más rápido recorramos el círculo del desencanto, mejor.

El otro escrito es de mi hijo menor. Es su carta del día de las madres cuando también tenía seis años. Lo curioso  es que en los tres escritos que conservo, mis hijos casi tenían la misma edad al escribirlos. Respeto la ortografía original de la carta:

“Diez de mallo de 1989. Mamá, me gusta lo que eres, lo que piensas y lo que aces. Eres mui linda y me cais  mui vien. Ojalá dures el mallor tiempo posible y felisidades mamá. firma: arturo” .

¿Cómo no atesorar esto y su deseo de que dure yo el mayor tiempo posible, aunque sea subida en la nube de la nostalgia? Tengo también en un marquito un trébol de cuatro hojas disecado que me regaló mi hermana para darme surte en la vida. Ahí está su cercana presencia en cada día feliz o de infortunio. Tengo un búho de cerámica que compré en San Miguel Allende a los 17 años, cuando creía en el amor romántico inventado en la edad media. Guardo en una cajita las pequeñas tijeras italianas que usaba mi papá y que me encontré en su austerísimo clóset unos días después de que muriera. Ahí estuvieron sus manos y mi herencia. También una estampita que guardaba en su escritorio con la Plegaria Simple de San Francisco de Asís.

Enmarcada está la receta del Pan Montessori que escribiera mi hija Daniela, heredera de todas las dotes culinarias de mi mamá y la correctora del casi perfecto recetario que la antropóloga Ángeles Guzmán compilara en computadora a sus ochenta años: “ Pan Montessori: Se tuesta un pan, se le pone mantequilla y mermelada y se come”. Conservo así el recuerdo de lo simple y fácil  que fue el paso de mis hijos por la primaria, sin tormentos de tareas ni enemistades con su madre por culpa de las calificaciones atormentadoras de un colegio tradicional.

Guardo la carta de un novio, no por el novio, sino porque en ella habla de mi papá y su calidez extraordinaria. Guardo un frasquito con agua que debió ser azul y mi primera carta a los Reyes Magos jurando ser buenísima todo el año a cambio de tres regalos, tres. Tengo las memorias de mi abuela, a la que le pedí que me las mandara por carta cuando viví más de un año en Estados Unidos. Lo hizo con su letra perfecta y de manera constante hasta que regresé. Gracias a eso sé cómo fue su vida de 1900 a 1912. 

Guardo una foto retratada con  el primer amor de mi vida que no fue de mi familia ni de la especie humana, mi gata Casiopea, y también  una jarrita abollada que fue de mi suegra, porque me recuerda que las cosas no son para atesorarlas sino para usarlas. - “Lo que te deje- me dijo- estará abollado, porque todo me gusta usarlo, para eso son las cosas”. 

Tengo en un lugar especial los libros que considero esenciales y que quiero que mis hijos lean por si no los han leído. Guardo y atesoro la amistad de mis amigos  y en el camino abandoné a quien pudo haber sido mi enemigo. He perdido por ahí  otras cosas que podrían tener valor en una casa de empeño. No voy a vivir para custodiar piedras ni metales a menos que tengan un particular valor sentimental.

Guardo algunas fotos de momentos especiales, pocas, no muchas. Con tanta foto que hoy saca todo mundo, se van a necesitar tres vidas más para verlas de nuevo. Mejor pocas pero entrañables. Guardo la primera edición de “Arráncame la Vida” y una pequeña pieza  de  claro cristal de Murano que compré en Venecia pero pagó mi hermana a mis espaldas, cuando mi vida se volvió azul oscura. Guardo otras  pequeñas cosas que sólo tienen  valor para mí y que caben en una cajita de cedro pintada por una niña de doce años.  Las guardo porque las luces de la fiesta han cambiado, pero aún no se han apagado.