Vida y Milagros

Ilusiones y broncas: los muros sí caen

Hace mucho creo que como país no debemos dar ni un peso más del erario a los partidos políticos, y que la única manera de fortalecerlos para bien, como instituciones de interés público, es modificando las reglas del juego electoral que hoy los rigen.

En la elección presidencial del 2006, los partidos se las habían ingeniado para colocar un candado anticonstitucional a las candidaturas independientes: cualquier ciudadano que aspirara a un cargo de elección popular sólo podía participar por la vía de los partidos o invitado por ellos.

En la última modificación a las leyes electorales se volvieron a permitir, aunque sumamente acotadas. Por ese pequeño resquicio se colaron algunas candidaturas que están sorprendiendo al país, abriendo con fuerza puertas y ventanas que se creyeron cerradas. Múltiples fuentes aseguran que el 90% de los mexicanos desconfían o están a disgusto con los partidos, son caros, subsidiados y no comprometidos con la ciudadanía, sino con sus intereses económico-partidistas; además, siguen haciendo trampas.

El costo de cada voto es imposible de medir. Se les da dinero público en efectivo y propaganda gratuita en radio y TV, pero aún así, hay dinero sucio jugando por debajo de la mesa de este póker perverso. Los partidos mueven muchísimo dinero el día de la elección en la compra, acarreo y manipulación de los votantes, sin que hasta la fecha ningún partido haya recibido una tarjeta roja por eso.

El espíritu original de militar en un partido por convicción y coincidencia de principios, poco a poco ha ido desapareciendo del mapa, entre otras cosas porque en su actuar, que es lo que cuenta, los partidos se parecen cada día más entre sí. Los ideales quedaron atrás y la lucha para alcanzar el poder se ha vuelto salvaje a falta de sanciones y consecuencias para las malas conductas.

¿Imaginan un juego de futbol en el que violar las reglas no tiene castigo? ¿Se imaginan a los jugadores rompiendo rodillas y mandíbulas, metiendo manos por doquier sin tarjeta de expulsión? ¿Con puros exhortos y manotazos del árbitro los jugadores se comportarían? La tarjeta roja es el arma letal que un árbitro tiene para controlar el juego limpio en la cancha. 

Hoy en la cancha electoral todo se reduce a multas pagables, que además también salen del erario. Con dinero del erario se paga al erario una multa que premia conductas que redituarán a la larga en más dinero para los ofensores. Las trampas no traen castigos, sino premios. Ese ha sido el círculo vicioso que hoy podrían quebrar las candidaturas independientes.

Me gusta la candidatura a diputado local por Jalisco, del joven de 25 años, Pedro Kumamoto, cuya campaña se hace básicamente en redes sociales, a pie y con voluntarios. No ha utilizado spots, ni tele ni anuncios espectaculares. Recién egresado del Iteso, participó en el consejo estudiantil dos años; jamás ha estado en un partido, pero entendió muy bien cuál era el nombre del juego y cómo jugarlo diferente. Sus posibilidades de ganar su distrito son muy altas. Da gusto escucharlo: Pedro parece un niño jugando a la política, pero al escucharlo te das cuenta de que juega de manera muy seria. Sabe perfectamente que dependerá de su ejército de voluntarios el mero día de la elección para cuidar y defender su voto. “Los muros sí caen” y “Soy independiente por ti”, son sus lemas. Creo que lo logrará.

El otro caso, el de Jaime González, el Bronco, no es de mayor valor, pero sí de mayor calibre porque compite por la gubernatura de Nuevo León contra los dos partidos más fuertes de su estado, el PRI y el PAN. El Bronco ha estado metido en política partidista toda su vida adulta. Conoce a los partidos por dentro, y lo que ha cambiado hoy para él, es que juega por la libre, sin partido ni sus techos acogedores de estructuras, dinero y anuncios gratuitos. La campaña del Bronco y su inteligente alianza estratégica con un prestigiado ex-panista, Fernando Elizondo, tomó el atajo de las voluntades gratuitas, la difusión en redes sociales y un muy probable enorme ejército electoral civil el día 7 de junio.

Estas candidaturas son altamente amenazadoras para la partidocracia, porque le regresan el poder a la ciudadanía, rebasando a las estructuras partidistas. En Nuevo León, por cada peso que gaste el Bronco, los partidos contra los que hoy compite codo a codo, PRI-Verde, PAN gastarán diez veces más. La diferencia es que el peso independiente lo habrán conseguido ellos, donado por quien así lo ha decidido, no extraído del erario.

Oí decir a Luis Carlos Ugalde en una entrevista, que aunque los medios formales, en especial las televisoras, le han dado poca cobertura al Bronco, las redes sociales y los actos sorpresivos están siendo altamente efectivos.

Mientras los diez partidos oficiales cuentan con una bola de apoyos ya insufribles, los independientes han hecho de su falta de apoyos, su fortaleza. La campaña del Bronco es interesante, sorpresiva, moderna y espontánea, todo, menos aburrida y predecible. La de Pedro, además, está tocada por la frescura y la gracia de la juventud que a todo se atreve.

La diferencia el domingo 7 de junio vendrá de la capacidad de los equipos independientes de cuidar sus votos con un ejército bien dirigido de voluntarios y no de paniaguados.

El Bronco y Elizondo firmaron una alianza de gran compromiso entre ellos y la sociedad civil, haciendo un claro énfasis en el cómo lograrían un gobierno acotado a las tentaciones del poder y el dinero. Esas promesas ya las han hecho otros y existirá siempre una probabilidad de que las incumplan.

Creo que el probable triunfo del Bronco estaría modificando drásticamente el escenario electoral de los años por venir, en particular el 2018. Puede provocar un cambio de fondo a las leyes electorales. Sería obligada una reforma que genere nuevas reglas modernas y equitativas que permitan libertad para señalar errores probados, que multiplique los debates obligados, flexibles y abiertos, que moderen y regulen los spots, que prohíban para siempre los anuncios en equipamiento urbano, que habiliten tarjetas rojas eficaces para los candidatos y partidos infractores, que imponga pérdida de registro a los partidos tramposos. Ese muro sí que merece caer.