Vida y Milagros

Genio y figura

Mi abuela tuvo la extraordinaria suerte de conservar la lucidez y el gusto por la vida hasta el último día. Al cumplir 85 años le hicimos una pequeña fiesta, cuando prendimos las velas del pastel, se quitó un anillo que había sido de su madre, lo metió en la velita y pidió un deseo: “Quiero una buena muerte”. Una semana después, a las ocho de la noche, mi mamá se despidió de ella para regresar a la ciudad de México, al poco rato le dijo a Elena, la querida persona que la acompañaba, que la llevara a su cama porque creía que se estaba muriendo. Elena avisó a mis dos tíos y a la hermana de mi madre, llegaron junto a su cama y mi tía empezó a decirle al oído- mamá, pronto vas a ver a papá Dios y vas a llegar al cielo a ver a tus papacitos, y otras cosas relacionadas con lo que mi tía imaginaba que era la llegada al más allá; mi otro tío, un negador irredento de todo lo que podía empañar sus ilusiones de eterno adolescente, empezó a tirarle de los pies y a masajearle el corazón con el ánimo de impedir lo irremediable; el menor de mis tíos, consentido y preferido de mi abuela, le empezó a besar las manos y a pedirle que no se fuera. Mi abuela abrió los ojos y les dijo a los tres: “por favor, déjenme morir en paz”, acto seguido, se murió.

Cuando mi mamá llegó a México, su mamá estaba muerta. Tuvo lo que pidió: una buena muerte, rápida y lúcida, tan lúcida como lo fue su vida.

¿Será una defensa mental el vivir como si fuéramos eternos? ¿Es normal y sano el que pensemos poco en la muerte? ¿Tendrían más sentido y mejor rumbo nuestras vidas si lo recordáramos más?

Cuando veo las fotos de las espantosas celdas del penal de Almoloya, que son lo más parecidos a unas tumbas para los muertos en vida, en que se convierten los que ahí van a dar, pienso en las circunstancias que tuvieron que darse en la vida de una persona para ir a dar ahí. ¿Qué ambiciones, delirios, soberbia o carencias?

Pienso en el traído y llevado Chapo. ¿Qué tanto ha podido disfrutar de su dinero y su fortuna si muchos de sus años los ha pasado encarcelado o huyendo? ¿Cómo vive sus días y como los acabará? ¿Le habrá valido, por lo menos a él, la pena?

Pensando en eso, me dio por recordar y buscar las frases y pensamientos finales de seres, que en su momento fueron célebres, por buenas o malas razones. En algunos encuentras enorme congruencia entre la forma de vivir y morir, así que hay de todo: amargura, desilusión, temeridad, desasosiego, genialidad o una serena aceptación ante la muerte, que siempre pensamos que les sucederá a otros pero a nosotros no.

Es inquietante y enigmático leer algunas frases: 

“He arado en el mar”- Simón Bolívar, militar y político, conocido como el “Libertador de América”, 47 años. 

“Disculpe, lo he hecho sin querer”.- María Antonieta, última reina de Francia, 38 años. Valiente y serena a la hora de la adversidad, lo dijo a su verdugo, a quien pisó un pie al dirigirse al cadalso.

“No hay final para la tristeza”- Vincent Van Gogh, pintor extraordinario e hipersensible, un ser humano excepcional, 37 años.

“De acuerdo a la política de este canal de televisión, que es llevarles lo último en violencia en vivo y en directo, ahora van a ver la primicia de un suicidio” - acto seguido se dio un tiro frente a la audiencia.- Christine Chubbuck, 30 años, periodista norteamericana.

 “Vine a morir, no a hacer un discurso”.- palabras de Cherokee Hill, rebelde americano sentenciado a la horca, cuando le dieron la oportunidad de decir sus últimas palabras. 

“Ocho horas agonizando, me hubiera dado tiempo de escribir una novela”.- Honorato de Balzac, escritor francés, autor de La Comedia Humana, 51 años.

“Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” , “En tus manos encomiendo mi espíritu”- Jesús de Nazareth, 33 años.

“Dispara cobarde, sólo vas a matar a un hombre”.- Ernesto Che Guevara, 39 años. Palabras dirigidas al soldado que fue enviado a ejecutarlo. Por cierto, el Che sabía bien lo que era matar, pues había matado a muchos también.

“Muero como viví, por encima de mis posibilidades”- Oscar Wilde, escritor inglés distinguido por su finísimo humor, 46 años. 

 “Buen hombre, no es momento de hacer nuevos enemigos” - Voltaire, ensayista y filósofo francés, 83 años. Dijo esta frase, acorde a la ironía que lo acompañó toda la vida, cuando un cura le insistía en su lecho de muerte que renunciara a Satanás.

 “Francia, mi ejército.... Josefina” - Napoleón Bonaparte, 56 años. General, emperador de Francia, estadista y hombre de poder por excelencia. Su última palabra, el nombre de la mujer que amó.

Carl Panzram, primer asesino serial célebre, ahorcado en 1930- “ Apúrate idiota, yo en tu lugar ya hubiera matado a diez”- dijo- fiel a su naturaleza, dirigiéndose al verdugo. Creo que el Chapo, si fuera a ser ahorcado, diría lo mismo.

René Favaloro, cardiólogo y cirujano argentino, 77 años, escribió en su nota de suicidio, planeado meticulosamente- “Queda terminantemente prohibido hacer ceremonias religiosas o civiles. Un abrazo a todos.” ¡Qué ganas de controlar todo hasta después de muerte!

Bob Marley, músico e incansable pacifista jamaiquino, compositor e intérprete emblemático de música reggae, murió de cáncer a los 36 años- Trabajó hasta el final. En sus últimos días escribió: “La gente que está tratando de hacer este mundo peor, no descansa nunca... ¿Cómo podría hacerlo yo?”- Antes de entrar en coma: “El dinero no puede comprar la vida”.

Decía San Juan de la Cruz que en el atardecer de nuestras vidas se nos juzgará en el amor. ¿Quién nos juzgará antes que nadie? Nosotros mismos. Lo que nos marcó en la vida nos acompañará en la muerte, así lo indican algunas de las frases que les comparto. No hay nada material en ese último viaje o este momento en solitario, el más importante e intrigante de nuestra vida.