Vida y Milagros

Campañas de vino y rosas


Las campañas electorales en México se suelen manejar como si fueran eventos para elegir a la reina de un carnaval o al rey de la simpatía. Se ofrece, se habla y se promete de todo, pero rara vez de la cruda realidad, ni se mencionan las medidas y esfuerzos que se requieren de parte del electorado para construir sociedades más gobernables y sanas; esas medidas vienen después, no por convencimiento sino por necesidad o absoluta emergencia, como ha sido el caso del endurecimiento al "Hoy no circula" en la Ciudad de México, en que se ha tenido que hacer valer y dejar en claro que el espacio para los coches no es un derecho humano sino un problema urbano con consecuencias para todos. Las campañas mexicanas siguen siendo un ejercicio de seducción irresponsable, con palabras de amor, promesas y hartos regalos. Nadie habla de lo que pasará ni de lo que hará después de dar el sí, hasta que la realidad presente su factura. Y si no, pregúntenle a El Bronco.

Este año el INE ha repartido a los partidos políticos cerca de 4 mil 500 millones de pesos para hacer proselitismo electoral. Y sin embargo los candidatos buscan dinero adicional de manera desesperada para inyectárselos a sus campañas. Parecería inexplicable pues la publicidad en radio y televisión, que antes era el costo principal de las campañas, ya es gratuita por cortesía y capricho de la última reforma electoral. Además del dinero enorme que ya recibían desde 1996, ahora, sin descontarles un peso, a los partidos se les regala la publicidad en radio y tele. ¿Porqué no les alcanza entonces el dinero para competir de una manera equitativa y porqué las campañas son tan huecas en cuanto a hablar de responsabilidades de gobernantes y gobernados?

Al parecer el gastadero se debe a la forma anticuada, irresponsable, tramposa y retorcida en que se siguen haciendo las campañas. Primero que nada hay que gastar en pagar entrevistas, encarecidas a raíz del aburrido y repetitivo montón de anuncios que a nadie interesan y a todos desesperan. Los anuncios ya no modifican el rumbo del voto, sólo unifican al electorado en cerrar los ojos y los oídos para evitarlos. Los frentes también miden sus fuerzas calculando quién tiene más cosas que regalar o con qué consentir al público. Si el candidato de un partido tiene en ese momento a su partido en el gobierno, entonces se ofrecen de manera muy oportuna descuentos en servicios y multas, rebajas del predial o de todo adeudo posible, donde los perdedores suelen ser los ciudadanos que cumplieron a tiempo con sus obligaciones. El combate se vuelve de flores, besos y abrazos con el electorado.

Rara, rarísima vez he oído a un postulante hablar de las cosas duras que los electores tendríamos que enfrentar si queremos tener mejores condiciones de vida para el conjunto. ¿Quiénes saben y hablan de los montos del dinero público que van a ejercer ni en cómo lo van a etiquetar? ¿Quiénes de cuál será su conducta y su trato hacia los otros poderes? ¿Quién de las prioridades y porqué? Los discursos son vagos y llenos de promesas de bienestar y comodidad para los ciudadanos, cuidándose muy bien de especificar el cómo lo harán. No nos hablan de las alternativas y disyuntivas que necesariamente tendrá que enfrentar quien gobierne. La clave estaría en decirle al elector que no alcanza para todo, y en saber escuchar para decidir con sabiduría cuáles son los gastos estratégicos indispensables y cuáles los superfluos. Por atractivo que parezca construir obras a marchas forzadas, habría que saber si eso conducirá a un debilitamiento en la impartición de justicia por la reducción de empleados en los ministerios públicos, o en los recortes en dinero destinado al Poder Judicial, o en la desaparición de las instancias que trabajan en la dotación de agua y saneamiento en el estado. Hay acciones indispensables que se cultivarán a largo plazo, pero ¿quién piensa a largo plazo en una elección? Hablar sí, con gran facilidad hablan de las generaciones futuras, pero lo hacen como recurso retórico, no como convicción. Y deberían hacerlo, porque la ausencia de largos plazos en los discursos y acciones de políticos ya muertos, son las urgencias del presente, que aunque no se mencionen, deberán atender quienes ganen las elecciones.

Un candidato en campaña no tendría que llegar ni a cuidarse ni a repartir dones, sino a enumerar responsabilidades compartidas; debería de hablar con seriedad de las limitaciones del gasto público y debería, sobre todo, ser muy claro en la manera en que piensa priorizarlo: cuánto dinero tendrá para gastar y porqué lo va a gastar de determinada manera. Nada de eso veo en las campañas actuales.

Vuelvo al caso de la contingencia ambiental en la Ciudad de México. No recuerdo que ninguno de los candidatos hubiera mencionado la necesidad de acotar al automóvil y fortalecer con todo al transporte público. Sí, que durante 50 años o más, todos los partidos han privilegiado al coche a pesar de las advertencias de los expertos. Pensaron que la clase media es muy escandalosa y no hay que molestarla, en lugar de pensar en cómo abordarla con la verdad y alternativas exitosas.

En el resto del país, casi nadie habla de temas espinosos. Consentir a la clientela electoral es primero.

¿Quién se atreve a intentar ganar una elección hablando de verdades? La omisión de las medidas duras que como ciudadanos debemos enfrentar, la descripción de nuestras realidades y lo que se esperaría de nosotros para mejorarlas, difícilmente las escucharemos en estos días de vino y rosas que los candidatos derraman desde los templetes reales o virtuales para enamorar al electorado.