Vida y Milagros

Bravo: valiente y bondadoso

En las guerras suele manifestarse lo peor y lo mejor de los seres humanos. Personas que en épocas de paz parecieran normales, pueden resultar dentro de las extremas situaciones de los tiempos de guerra, personalidades violentas o espíritus altruistas más allá de lo común. En la guerra de Independencia de nuestro país, muchos de nuestros héroes patrios tuvieron momentos brillantes y heroicos, pero pocos fueron capaces de sustraerse a la violencia en momentos claves. Dos personajes, Morelos y Bravo, tuvieron actitudes opuestas ante un mismo hecho. Los hermanos Bravo, Miguel, Víctor, Máximo, Casimiro y Leonardo, criollos ricos que tenían una hermosa hacienda en lo que hoy es Guerrero, fueron conminados por el gobierno realista a formar un grupo de resistencia al movimiento independentista.
No sólo se negaron estos criollos liberales, sino que don Leonardo, entonces de 46 años, involucró a sus hermanos y a su hijo Nicolás, de 24 años, a unirse al movimiento independentista con gran convicción. Todos los Bravo, pero en particular don Miguel, don Leonardo y su hijo Nicolás, resultaron excelentes y tenaces luchadores. Se unieron a las fuerzas de Morelos, que en 1812, muerto ya Hidalgo, era el líder militar indiscutible y victorioso del movimiento en la zona centro y sur de lo que hoy es México. Morelos tomó en 1812 el puerto de Acapulco, objetivo estratégico para cortar el comercio entre Asia y el gobierno virreinal. Lo logró después de una cruenta lucha, en la que, como en otras batallas, ambos bandos se distinguieron por su fiereza.
Tomado el puerto, Morelos fusiló a muchos combatientes enemigos e hizo prisioneros a 300 españoles civiles. Poco después, don Leonardo, huyendo del sitio de Cuautla, fue hecho prisionero por el ejército del general Calleja, hombre particularmente cruel y sanguinario con prisioneros y ciudades afines a los insurgentes. Don Leonardo fue juzgado en México y condenado a morir con una de las muertes más crueles que hay: el garrote vil. Cuando era pequeña yo creía que al señor lo habían matado a garrotazos. Ahora sé que ese tormento es peor aún y les evitaré el disgusto de describírselos.
Enterado Morelos de la sentencia, mandó ofrecer al virrey Venegas el canje de los civiles españoles presos en Acapulco a cambio de la vida de Leonardo Bravo. El virrey y Calleja se negaron y don Leonardo fue ejecutado en la plaza pública a la edad de 48 años. En represalia, Morelos condujo a 200 de los 300 españoles que tenía prisioneros en Acapulco, al despeñadero de la Quebrada, sí, la Quebrada, la de los clavadistas arriesgados. Pues ahí los soldados fueron degollando y arrojados al mar desde las alturas. Al mismo tiempo, Morelos mandó la orden a Nicolás, entonces un muchacho de 26 años, de matar a 300 de los rehenes que este tenía retenidos en San Agustín del Palmar, en Puebla.
Nicolás sacó a los 300 prisioneros al patio, y ahí les dijo que su padre había sido ejecutado y de qué manera. Temblaron todos esperando lo peor. Sin embargo Nicolás les dijo que no se vengaría a través de ellos, ni cobraría con sus vidas la de su padre. Acto seguido los dejó en libertad. Muchos se unieron a su causa, otros regresaron a sus vidas sin poder creer su buena suerte. Otros méritos tendría Morelos, pero el de la magnanimidad y la generosidad no fue lo suyo. Tampoco lo fueron de Hidalgo, que en su momento de mayor poder, cometió y permitió actos de una crueldad inusitada, paralela a la crueldad de los realistas. Si de un concurso se tratara, aún no sabríamos quién sería el ganador.
Derrotado Morelos, el movimiento de Independencia casi llegó a extinguirse. Bravo jamás se acogió a los indultos ofrecidos por los virreyes. Anduvo prófugo y no fue atrapado porque fue a refugiarse a los pantanos de Tabasco con lo que quedaba de su ejército: él, cinco soldados y tres machetes. En 1818, los realistas lo tomaron preso y le ofrecieron el indulto; se negó a aceptarlo y estuvo preso dos años. Fue liberado y después se adhirió al Plan de Iguala de Iturbide, participando en el sitio de Puebla. Tuvo el gusto de ver consumada la independencia. Su tío Miguel no corrió con esa suerte. En 1814 fue hecho prisionero, llevado a Puebla, fusilado, decapitado y su cabeza fue exhibida en lo que hoy es el mercado El Parral.
Nicolás tuvo una larga y azarosa vida. A lo largo de los años sería, por cortos periodos, presidente de la República tres veces. Nunca abusó del poder y demostró inteligencia, prudencia y sensatez en su forma de gobernar. Vivió lo suficiente para desencantarse de algunos seres humanos, de Iturbide, de Santana y de las amarguras del quehacer político.