Vida y Milagros

“Almas gemelas”

“No es la falta de amor sino la falta de amistad y solidaridad lo que hace infelices a las parejas” Anónimo.

No hay final para la tristeza- fueron las últimas palabras que dijo Vincent Van Gogh a su hermano Theo antes de morir. Vincent se dio un tiro en el pecho cuando estaba viviendo y pintando en el sur de Francia. Murió dos días después y eso dio tiempo para que su hermano Theo llegara a acompañarlo. Theo y Vincent fueron almas gemelas desde niños. Uno puede encontrar su alma gemela temprano en la vida, en medio de ella, o en el momento más inesperado. Puede encontrarla en su círculo familiar o más cercano, cruzando una calle, o al escuchar la música que suena en una tienda de discos y libros, sorprendidos por la misma belleza que llega a los oídos de quienes de casualidad cruzan sus miradas y comparten un momento de belleza.

Las almas gemelas nos ayudan a encontrar salidas de oxígeno en este laberinto que llamamos vida. Es posible que la imponente obra de Van Gogh no hubiera sido posible sin el apoyo constante de Theo su hermano y, coincidentemente, también su alma gemela. Van Gogh pintó por poco tiempo, de los 28 a los 38 años, pero a partir de que se enamoró de la pintura no dejo de pintar un solo día. Antes hizo muchos intentos por encontrar su rumbo y un incierto camino a la felicidad. No tuvo suerte con las mujeres. Una probable epilepsia, una enfermedad difícil de diagnosticar y sobrellevar en ese tiempo y aún ahora, no solo por los prejuicios existentes hacia la enfermedad, sino por las secuelas que va dejando en quien la padece cuando no hay medicina, hicieron de Van Gogh un hombre introvertido , místico y excéntrico siempre. Su sensibilidad a flor de piel quedó en carne viva conforme fue pasando su vida. Su hermano Theo lo protegió y le dio trabajo en una elegante tienda de venta de arte en la que él mismo trabajaba. Ahí conoció mucho de pintura y se familiarizó con el arte japonés, con su aparente sencillez y su estructura áurea perfecta, arte que tendría una enorme influencia en su forma de pintar. Decidió irse a París, a donde llegó a descubrir el color y la luz al entrar en contacto con el efervescente movimiento de los impresionistas. En Arles, en los últimos mese de su vida, Vincent se enamoró locamente de una prostituta que lo despreció y a la cual le mandó como regalo su oreja envuelta en un pañuelo. Luego pintó su autorretrato con la cara vendada. Fueron los últimos meses. Su vida había entrado ya en el despeñadero final. Aún así, hasta el último cuadro que pintó en esos días, un campo de trigo sobre el que vuelan unos cuervos negros, con un cielo violentamente azul, es hermoso. Y seguía enviando su obra metódicamente a su hermano, quien un día le avisó, dichoso, que había vendido una de sus pinturas y le envió el dinero.

Theo dio a Vincent todo: amor incondicional. De las cartas entre ambos surgió el libro “Cartas a Theo”, un monumento a la hermandad, no sólo entre hermanos, sino entre humanos. Su obra es un canto a la vida, a la sensibilidad, a la belleza, al color deslumbrante. Su cuadro de “Noche Estrellada” es un compendio de todas las noches estrelladas del mundo. Cuando todo está obscuro, la memoria de ese cuadro visto en París me llena de luz el alma. Seis meses después de la muerte de Vincent, Theo se suicidó. Los dos hermanos están enterrados juntos en una sencilla tumba.

Theo tuvo otra alma gemela cerca de él: su esposa. Muertos ambos hermanos, se dedicó a clasificar con todo cuidado la obra de Vincent, a documentar su vida y sus cartas, a recopilar cuadros desperdigados aquí y allá. La madre de Van Gogh no supo darle amor, nunca lo entendió, mucho menos su arte. La esposa de Theo todavía rescató un maravilloso cuadro de Vincent que su madre tenía cumpliendo la función de puerta de su gallinero. Quizás por cosas como esas Vincent no encontró el camino a la felicidad y a la serenidad. Aún así, nos legó sus amarillos feroces, sus cielos desafiantes, los retratos de sus zapatos, el cuadro de su cuarto en Arles. Hay almas gemelas a las que nunca conoceremos en persona, pero nos han dejado su luz y su aliento en un cuadro, en una melodía inolvidable o en un libro excepcional; destellos que nos sorprenden poniendo un final a la tristeza.