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Síndrome Social de Estocolmo

“No hay verdugo sin su víctima, ni víctima sin su verdugo…” diría por ahí la sabia frase popular. Y yo le agregaría unos tres puntitos suspensivos a este lindo romance, para hacerla de emoción y para  ver a quién le cae el saco y de qué manera se lo acomoda.¡Pónganselo, es su momento de quejarse! Usted, él, ella, nosotros, llegamos cuando ya todo estaba montado y no había ni para dónde moverse.Y es que a veces nos invade esa especie de ¿gusto? por padecer de “algo”, le vamos encontrando  sabor a eso que nos incomoda o nos impide sentirnos como personas plenas durante el diario vivir, las actividades que tenemos planeadas y hasta para los proyecto de vida. ¿Quién-no-se-que-ja-de-que-le-im-po-nen-res-pon-sa-bi-li-da-des-a-je-nas?Quéjese en el ambiente familiar, laboral, político y urbano.Casi como pasa en la psicología, yole llamaría Nuestro Síndrome de Estocolmo pero en lo Social: empezamos a agregarle “sentido” a vivir en un vaivén de expectativas sociales, urbanas, políticas, ideológicas o emocionales, creadas, satisfechas o frustradas por alguien más, y así como hoy somos capaces de echarle la culpa a una persona o a un sistema de gobierno, mañana nos veremos de nuevo con una sonrisa plácida y sacrificada, legitimando su actuar y dispuestos a seguir en el rol con el que mejor nos sentimos identificados: víctimas o verdugos. Nos vamos enamorando de una forma de vivir en la que ya no vemos o distinguimos qué, quiénes ¡o peor aún! cómo nosotros mismos nos vamos auto-boicoteando de nuestras propias capacidades y potencialidades. Por un lado somos sociedades secuestradas por quienes nos amenazan o nos someten, directamente o bajo engaño, pero al mismo tiempo y como mecanismo de defensa, nos vamos auto-secuestrando de nuestra propia esencia social, en la misma medida que dejamos que el cinismo, la indiferencia y la omisión sea lo que nos rodeé en nuestras colonias, en nuestras casas, en nuestros trabajos: todo adornado con lindas bardas, ventadas cerradas y jardines internos, mientras que vamos depositándole un  falso y creado calificativo a las calles y zonas públicas como “inseguras”,  espacios públicos que vistos con lupa, están siendo abandonados y violentados también por nosotros mismos, quienes nos hemos apartado de ellos y que de por sí nos pertenecen, pero que si nos vamos de reversa, si estamos en ahí, viviéndolos, habitándolos, instalándonos, serán cada vez más sanos y amigables en la forma que más queramos.Tal vez, entre la víctima y el verdugo,  hay un tercero, o mejor aún, un antes y un después. 


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