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Los lujos de ayer y de hoy

Recuerdo mi  infancia en mi natal Sonora y la forma de vida de los niños de hoy no tiene nada que ver con la que tuvimos los niños de la generación de los cincuentas.

Cuando observo todas las necesidades que hemos creado, la cantidad de productos que hoy consumimos y que los hemos hecho imprescindibles en nuestras vidas, recapacito en la calidad de vida que en la actualidad vivimos.

En mis recuerdos de infancia vienen mis regalos de Navidad, que eran pizarrones con tiza, rompecabezas, canica, patines, pelotas, juegos de té, muñecas para recortar.

Lo importante entonces era el juego, no el juguete. Cómo nos divertíamos con estos sencillos juguetes accesibles y económicos,  que nos entretenían  por horas y horas.

Cuando observo los juguetes de los niños de hoy, me admira la complejidad y el costo de éstos. Pero más me admira la rapidez en la que los niños están de nuevo aburridos, sin nada qué hacer. Si no están concentrados al grado de zombis en un aparato digital, tienen cara de fastidiados y enojados.

Así, también los adultos hemos convertido el consumismo en una esclavitud. La obsolescencia programada de los aparatos electrónicos y digitales nos ha convertido en seres consumistas y pendientes de la última novedad, en una espiral interminable y adictiva.

Apenas se va uno acostumbrando al nuevo teléfono, cuando ya no carga bien la pila, cuando ya salió el nuevo y así… el cuento de nunca acabar. ¡Y allá vamos a comprarlo! Porque ya nos introdujeron a este juego del consumo. Qué difícil es sustraerse y no caer en la tentación del consumismo.

Y resulta que los lujos a los que aspiraban nuestros ancestros eran comprar un automóvil para la familia, cambiar de muebles, viajar en avión, ir a la universidad, comprar una casa, ¡eran verdaderos lujos!

Y los lujos a los que aspiramos hoy, para nuestros abuelos eran algo natural, tales como: respirar el aire puro y fresco, tomar agua de manantial o agua pura, sin contaminación. Comer comida sana, sin plaguicidas, ni colorantes, ni hormonas artificiales, ni conservadores. Comer pollo sano, porque lo criaban en casa, con maíz. Comer pescado limpio porque los mares no estaban contaminados. La leche era un alimento bueno, ahora nos hace daño por el alimento que le dan a las vacas.

¿Más lujos?  Andar en bicicleta sin que nos atropellen; vivir en pueblos pequeños, seguros; hacer caminatas en el entorno de casa; que los niños estudien cerca del hogar, con educación personalizada y con valores; que se coman una zanahoria sin peligro de que el cloro con la que las blanquean los intoxique.

¿Cuánto cuesta, hoy en día, comer sano para prevenir enfermedades?  ¡Es un verdadero lujo!

¿Cuánto cuesta aislarnos de la contaminación del aire, del agua, de los alimentos, para sobrevivir más años sin enfermedades letales?

Simplemente,  para respirar y comer puro tendríamos que irnos a vivir a  ¡otro planeta!

¿Verdad que los lujos han cambiado?

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