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Políticos que merecemos

Contra ellos se alza el dedo acusador de la sociedad actual, quizá por ser los más visibles de nuestros ciudadanos. Ser político en nuestros días, es ser el payaso de las bofetadas. El prestigio es mínimo. El descrédito es enorme. ¿La desilusión? Del tamaño de la esperanza de cada sexenio.

No suelen verlos como hombres de Estado que cumplen una función o como los guardianes del bien común, sino los ven como unos tipos deshonestos y mentirosos, dispuestos a hacer cualquier cosa por enquistarse en algún cargo gubernamental con el ánimo de desangrarlo.

Claro que hay excepciones, pero son tan pocas, que ni se notan. La corrupción es lo que más adolece a nuestra política. Pero tal vez la corrupción que más cuesta no está muy visible, sino sutil y escondida que consiste en utilizar al Estado como un botín para comprar conciencias.

Es el político que cede ante peticiones abusivas del electorado para ganarse sus favores a costa de arruinar el país. Ésa es la otra corrupción, la silenciosa, casi indetectable, porque quien la autoriza no se mancha las manos. No hay cuerpo del delito, sencillamente, lo entrega a otro.

¿Y a quién culpar, si el que autorizó ya está a buen resguardo? Vivimos en una democracia que solo beneficia a los políticos. El Estado es una fuente de rápido aprovisionamiento para políticos y gentes influyentes.

Hay algo más triste aún: Los políticos mexicanos no son más ni menos corruptos que las sociedades en las que actúa.

Aquí no hay víctimas y victimarios, sino un triste sistema de complicidad en el que los méritos personales suelen tener menos valor que las “palancas” y las “influencias”.

Es probable que nuestros políticos se hayan ganado a pulso la mala imagen que les endilgamos.

Pero sin duda alguna, es seguro que cada pueblo tiene los políticos que se merece. Que nos merecemos, que nos hemos buscado, porque nosotros, votamos por ellos...

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