Vesperal

El jardín de Mexicaltzingo, de camposanto a estacionamiento

Escuece la sangre advertir la indiferencia con la que los moradores de Guadalajara se han coludido en la aniquilación de su patrimonio. Se trata de una ciudad amnésica, habitada por gente sin sentido de pertenencia, carente de corresponsabilidad en torno a su patrimonio histórico, presa fácil de la especulación inmobiliaria, del automóvil, de la falta de leyes y de controles, por lo demás a merced de las corruptelas y de las negociaciones políticas.

El anuncio de convertir en estacionamiento público el jardín de Mexicaltzingo, a beneficio, principalmente, de los usuarios del Teatro Diana, parece ser una estocada más de esta insensibilidad, pues si bien quienes nos gobiernan no están obligados a saberlo todo, sí lo están a consultar a los moradores de un hábitat y a los conocedores de temas patrimoniales e históricos.

Cualquiera medianamente enterado de la historia de Guadalajara, sabe que a la par de su fundación definitiva, en 1542, bajo la categoría jurídica de ‘República de españoles’, se le circundó de tres ‘Repúblicas de indios’: San Miguel de Mezquitán al norte; Analco -dividido en dos barrios, San José y San Sebastián- al oriente, y San Juan Bautista de Mexicaltzingo al sur. Todos ellos con su fundo legal, sus autoridades propias y administración de sus tributos.

Mexicaltzingo se fundó con algunos de los indios mexicas que acompañaron al virrey Antonio de Mendoza durante la pacificación de la Guerra del Mixtón, los cuales se acomodaron a vivir en una superficie rica en manantiales y muy apta para el cultivo de hortalizas, pero insalubre para el vecindario. Sea como fuere, el pueblo creció alrededor de su atrio-cementerio, con su templo al sur y su hospital al norte, aislado de la ciudad por el riachuelo de San Juan de Dios al este, el torrente del Arenal al septentrión y el del Chicalote al mediodía.

Fray Antonio Alcalde, deseoso de provocar la urbanización de ese viento de la ciudad y de capitalizar el notabilísimo flujo de devotos, que todos los viernes se agolpaban a los pies de la imagen del Señor de la Penitencia, le dio el rango de parroquia, en 1783, y lo más importante, hizo un copioso donativo para las obras materiales del nuevo curato, cuyo atrio sirvió de cementerio hasta la segunda mitad del siglo XIX y en él fue sepultado, el 8 de mayo de 1832, nada menos que Francisco Severo Maldonado, pionero de la prensa hispanoamericana y autor del mayor estudio jurídico de su tiempo, el ‘Contrato de Asociación para la República de los Estados Unidos del Anáhuac’.

En 1912, cuando Mexicaltzingo era un suburbio populoso, de carnicerías y mesones, el señor cura don Celso Sánchez Aldana contrató al ingeniero estadounidense Ángel Enrique Choistri para que construyera en el antiguo camposanto el atrio más bello de la ciudad. Poco duró el gusto, pues al cabo de tres años el Presidente Municipal Luis Castellanos y Tapia, a las órdenes del gobernador militar Manuel M. Diéguez, ordenó su demolición para abrir una calle y hacer un mercado, en uso hasta fechas recientes.

Sí construir ahora un estacionamiento en aras a parchar lo que debió solucionarse al tiempo de licitar a la Universidad de Guadalajara la apertura del Teatro Diana implica borrar las últimas evidencias de lo que desde el siglo XVI fue camposanto y hasta 1915 atrio, destapar una fosa en un subsuelo de escurrimientos abundantes supone arriesgar la estabilidad del monumental templo de Mexicaltzingo, algo a medio camino entre lo barbárico, lo temerario y lo frívolo. O sea que en el tema del patrimonio, en lugar de andar, gateamos.