Vesperal

Patrimonialismo vs Patrimonio

Se acaba de caer una parte de una casa del siglo XVII, tal vez la más antigua del barrio de Analco, ubicada en la esquina de las calles Guadalupe Victoria y 28 de Enero, lo cual no deja de ser una ironía, puesel episodio corona las muchas e incómodas semanas decopiosos recursos invertidos para rehabilitar el jardín que forma parte del bellísimo conjunto arquitectónico de San Sebastián.

La ruina de la vivienda en cuestión se veía venir desde hace algunos meses, sus propietarios taponaron los bajantes pluviales para provocarlo. Lo que sigue será instalar ahí un Oxxo o un Seven o algo peor.¿Responsables de esa tropelía? Todos, comenzando por una colectividad amorfa, con intereses muy puntuales y ramplones, y para quienes el patrimonio histórico duele, pesa y cuesta, por lo que aniquilarlo alivia, aligera y deja una ganancia inmediata.

Una explicación a tan extraña conducta es el inexorable patrimonialismo que envenena desde siempre la cultura en México. Max Weber lo define como la tendencia de un Gobierno o de un partido político a considerar como propios los bienes públicos.

La absoluta falta de interés de los vecinos por su patrimonio edificado está aparejada a una fórmula de indolencia que resume la frase ‘no meterse en broncas’, meticulosamente aplicada por quienes tienen cola que les pisen, como fatalmente ha pasado en lo que respecta al patrimonio construido de la capital de Jalisco.

La reumática andadura que paraliza a los habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara, ajenos a todo lo que no les afecta de modo inmediato forma parte de una extensa y compleja red de complicidades que comienza cuando la gente de a pie se rebela contra de la de arriba transgrediendo los reglamentos por el solo gusto de hacerlo o provocando un daño visible, a modo de rúbrica, como lo es la huella furtiva del grafiti vandálico.

Los mexicanos somos transgresores en potencia de lo que no entendemos ni valoramos. Dudamos de la intensión de la ley y desconfiamos totalmente de quienes las aplican, de modo que las acciones lesivas al patrimonio mejor despiertan simpatía que aversión entre los jóvenes, hijoslas de la crisis de fin de siglo.

Lamentablemente, quienes más dudan de la norma e impiden su eficacia son los que reciben un sueldo para acatarla y hacerla cumplir: los legisladores, los jueces y los cuerpos de seguridad. ¿Qué hace uno cuando el policía es un ladrón y cuándo de antemano sabemos que la impartición de justicia depende de la capacidad económica del reo? Cuidarse de unos y de otros o aliarse con ellos.

La declaratoria de guerra al patrimonio edificado en la zona metropolitana de Guadalajara seguirá gozando de cabal salud mientras sus principales víctimas, los vecinos de una zona, barriada o colonia, no actúen a favor de la pervivencia de su hábitat, como le viene pasando desde hace mucho a los vecinos del barrio tapatío de San Sebastián de Analco.