Vesperal

Ciudad Molacha

Si uno busca el motivo por el cual la fisonomía urbana de la capital de Jalisco se parece al rostro de una mujer guapa a la que al sonreír se le echa de ver que le faltan dientes y los que le quedan están disparejos,las respuestas podrían ser múltiples pero a la postre todas tendrían un sólo hilo conductor: una historia marcada por la vocación de una ciudad que desde sus orígenes se empeñó en ser un centro de acopio e intercambio comercial pero evitando, por alguna razón que valdría la pena estudiar, el arraigo de su clase social pudiente. Que eso fue así desde el principio se echa de ver en ciertos huecos: de las tres sedes efímeras que tuvo Guadalajara antes de la definitiva sólo tenemos noticias mas no la ubicación precisa de estas.

Aceptemos, pues, que la imagen pública de la metrópoli del siglo XXI es el fruto de una dinámica urbana merced a la cual ha podido cambiar de piel con una periodicidad cíclica, evolutiva, caprichosa y errática.

La Guadalajara de mediados del siglo pasado creció mucho y ganó poco al tiempo que el Gobernador J. Jesús González Gallo queriendo hacerla grande la hizo grandota, inmolando primero la fisonomía del núcleo fundacional a su majestad el automóvil y después la calidad de vida en la zona, lo cual produjo a la vuelta de pocos lustroshabitar en el Centro fuera caótico, empujando a los propietarios y herederos de las casas antiguas a rematarlas para irse a vivir a otro lado, fomentando que los especuladores de bienes raíces obtuvieran a base de 'mordidas', permisos para reemplazar lo viejo con adefesios o peor aún, producir ruinas tan horripilantes como las que tiene ante sí la sede de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento tapatío en la confluencia de las calles de Reforma y Pino Suárez,el antiguo banco de sangre del Dr. Baruqui, cuyos herederos han preferido que se caiga a pedazos antes que venderlo o restaurarlo, generando a los pocos vecinos muchos contratiempos y a la ciudad una llaga purulenta.

Lo nuevo engulle a lo viejo sin que pocos lo lamenten; los acaudalados se apiñan alrededor de sus intereses personales y no les importa nada más; nuevos caciques reemplazan a los que les antecedieron y el vértigo de lo impredecible no menos que la falta de voluntad política y la corrupción convierten en letra muerta la Ley de Patrimonio Cultural del Estado de Jalisco y el Reglamento del Patrimonio Cultural Urbano del Municipio de Guadalajara, haciendo de la inercia un carcinoma maligno que los maliciosos aplican al gentilicio tapatío trocándolo en apatío.

Aceptando que la falta de arraigo sea el mal endémico que hasta hoy nos impide a los habitantes de Guadalajara alcanzar una mínima cohesión para salir en defensade nuestro patrimonio histórico, monumental y artístico, podemosbuscar el remedio en la promoción del respeto a uno mismo y al lugar en que se vive. Para ello se necesita mucho coraje, la lámpara de Diógenes y tres ingredientes: cabeza, corazón y voluntad.