Meza de Redacción

¿Y para qué sirve el Día de las Mujeres?

El 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, no es una fecha de celebración sino de conmemoración. No tiene efectos mercadológicos, así que no debe decirse “feliz día de la mujer”. Sirve para llamar la atención de la ciudadanía en todo el mundo, a través de distintos medios, en torno a las desigualdades genéricas que siguen afectando a las mujeres.

Una mujer fundamental en la historia del feminismo, la alemana Clara Zetkin, pronunció un emblemático discurso hace 102 años, en el que exigía que aparte de la opresión por clase, se reconociera en las mujeres la existencia de la opresión por género. Zetkin pronunció este discurso durante la Segunda Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas, en 1910 en Copenhague, Dinamarca.

Aunque las históricas palabras de Clara Zetkin no fueron emitidas en 8 de marzo (porque aún no se establecía la fecha) tanto su mensaje como el año en que fue pronunciado están considerados como el arranque de la conmemoración internacional, la cual fue expandiéndose a lo largo del siglo XX, hasta que en 1975 la Organización de las Naciones Unidas institucionalizó la fecha.

El contexto socioeconómico en el que Zetkin pronunció dicho mensaje era desolador para la clase trabajadora en general y para las mujeres en particular. Por esos años hubo varias movilizaciones de obreras de la industria textil en Estados Unidos, una de ellas en 1857 y la otra en 1908, esta última en la fábrica Cotton Textile Factory de Nueva York, donde las obreras solicitaban jornada laboral de diez horas, descanso dominical e igual salario por igual trabajo. La respuesta de los patrones fue el incendio en la fábrica, con las obreras adentro, lo que produjo que 129 ellas murieran calcinadas.

En memoria de estas mártires y luego del trascendental pronunciamiento de Zetkin, se estipuló el 8 de marzo como Día Internacional de las Mujeres.

La inequidad genérica existe desde hace miles de años. Incluso en la modernidad democrática, las mujeres hemos vivido la discriminación en todos los ámbitos.

Las revolucionarias francesas Olympe de Gouge y Mary Wallstonecraft, quienes en el siglo XVIII padecieron todo el peso real de la libertad, igualdad, fraternidad (Olympe incluso fue guillotinada), por el grave delito de exigir para las mujeres los mismos derechos que la revolución francesa había dado a los hombres.

Hoy, entre muchas otras cosas, las mujeres padecemos la inequidad desde el nacimiento. “¡Qué suerte!”, si el recién nacido primogénito es hombre, “Bueno, para la siguiente”, si es mujer. En la casa, la mayoría de las veces, la asignación genérica desigual de las labores domésticas, es promovida y aceptada tanto por la madre, como por el padre.

En el trabajo, en muchas ocasiones los ascensos son para los hombres “porque tienen una familia que mantener”, como si las mujeres no fuésemos cabezas económicas en el hogar, y si el ascenso llega para una mujer, la colectividad la castiga cuestionando sus capacidades al preguntarse “¿Con quién se habrá acostado para que le dieran el puesto?”

En la calle, los terribles piropos llegan a ser actos de violencia sexual verbal. En los medios masivos de comunicación, las representaciones estereotipadas refuerzan la idea de Franca Basaglia, filósofa feminista italiana, respecto de que las mujeres somos cuerpo para otros, seres para otros.

Un aspecto sobre el que las mujeres deseamos llamar la atención en este Día Internacional de las Mujeres, es el darnos cuenta que la marginación es real. Ningún problema se resuelve sin aceptar que el conflicto existe.

El derecho a votar y ser votadas o el acceso cada vez mayor a ciertos espacios de la política pública, puede hacernos pensar que la inequidad ha desaparecido, pero no es así. La marginación continúa y no es posible cerrar los ojos ante tal problemática. Como primer paso, hay que reconocerlo.

Ni el feminismo, ni la teoría de género culpan a los hombres de esta situación. Tampoco victimizan a las mujeres. Se trata de movimientos teórico sociales que buscan, ante todo, eliminar la idea de que la diferencia genérica está basada en una cuestión biológica. El género (diferente del sexo, que es biológico) es una construcción cultural, y como toda creación social humana, puede ser modificada.

Todo lo anterior demuestra que la igualdad entre hombres y mujeres está todavía muy lejana, por ello necesitamos implementar las acciones afirmativas compensatorias que dicta la Organización de las Naciones Unidas, que implican otorgar beneficios  adicionales a las mujeres. Esta situación puede parecer injusta ante los ojos de muchas personas, pero es una medida para equilibrar a un sector marginado con respecto de otro, que se ha visto beneficiado durante siglos.

La teórica comunista Rosa Luxemburgo, otra de las grandes mujeres de la historia y pilar del feminismo, decía que debíamos luchar “por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes, y totalmente libres”.

La equidad de género nos conviene a todas y a todos, porque romperá pesados lastres que tanto hombres como mujeres cargamos desde hace milenios. Además, nos permitirá construir sociedades más democráticas, basadas tanto en la igualdad real y jurídica, como en el respeto por la diferencia.

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