Meza de Redacción

De las “pinches putas” al Día contra la violencia por género

En una sociedad patriarcal, las desigualdades de género se presentan en todo momento, pero son particularmente palpables cuando el ambiente de violencia es generalizado, como ocurren en nuestro país.

“’Pinches putas ¿pero querían venir?’, así nos dijeron los granaderos mientras nos golpeaban junto con mi hermana Tania, y mis primas Berenice y Melisa; sus toletes, escudos y patadas nos acabaron sacando por la calle Madero que se había convertido en un oscuro embudo donde fluyeron ríos de despavoridos”.

Este testimonio de la académica y documentalista Layda Negrete, ha circulado ampliamente en las redes sociales y describe la tortura ejercida masivamente por parte de los granaderos federales y del Distrito Federal contra la ciudadanía que marchó de manera pacífica el pasado 20 de noviembre.

La violencia contra las mujeres incluye casi siempre un componente sexual, tal como ocurre en las violaciones masivas durante los conflictos armados.

Justamente hace 54 años, tres feminicidios cambiaron la historia de la lucha de las mujeres. El 25 de noviembre de 1960, en República Dominicana, Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, las tres principales opositoras al régimen del tirano Rafael Leónides Trujillo, fueron emboscadas y asesinadas a garrotazos por cuatro matones del Servicio de Inteligencia Militar de su país.

Nada nuevo en la dictadura de “El chivo” Trujillo, sólo que a las activistas, a diferencia de los activistas, las violaron como parte de la tortura. Otra vez, el cuerpo de las mujeres como botín de guerra.

A diferencia de otros feminicidios en la historia, éste de las mariposas trascendió al tiempo y al espacio geográfico, hasta convertirse en emblema del feminismo. Debido a que “Mariposa” era el nombre de lucha clandestina empleado por Minerva, por él se popularizó a las tres hermanas. En su honor se designó el aniversario de su asesinato como el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres.

Esta conmemoración inició ese mismo 1960, aunque se reconocido a nivel Latinoamérica en 1981 y se institucionalizó en 1999 por la Organización de las Naciones Unidas como día mundial. Además, el 25 de noviembre representa en todo el mundo el arranque de los 16 días activismo contra la violencia de género.

Tal violencia posee una magnitud tan grande en el planeta, que un solo día no basta para su visibilización. Si bien es un tema que debiera tocarse todo el año, el Centro Para el Liderazgo Global de las Mujeres, con sede en Estados Unidos, inició una campaña internacional, denominada 16 días de activismo contra la Violencia Hacia las Mujeres, con el objetivo de crear un movimiento de solidaridad y lograr incidir en la conciencia pública sobre la gravedad de todas las formas de violencia hacia las mujeres. Estos 16 Días de Activismo inician con el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres y concluyen el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos.

En este periodo de 16 días también convergen fechas significativas como el primero de diciembre, Día Internacional de Lucha contra el SIDA y el 6 de diciembre, conmemoración de la masacre en Montreal, Canadá, donde 14 estudiantes de ingeniería fueron asesinadas por ser feministas en 1989.

Sin duda estas fechas son de las más destacadas, pero la violencia la vivimos todas las mujeres del mundo cotidianamente, algunas de manera más marcada que otras, pero al final de cuentas, todas la mujeres del planeta hemos sufrido violencia por género.

Las mujeres somos golpeadas y violadas en los hogares y calles, obligadas a ejercer la prostitución, maltratadas en los hospitales, explotadas laboralmente, perseguidas por activismo político, abusadas por ser indígenas, o victimadas en crímenes seriales con total impunidad. Sin embargo, frente a este cuadro social tan deplorable, hay otro de igual gravedad, porque la propia sociedad lo considera como parte aceptable de lo cotidiano: la violencia estructural.

Este tipo de violencia tiene muchas formas de expresión pero todas ellas comparten en común su invisibilidad como los graves problemas sociales que son: La enorme cantidad de hogares mexicanos que son encabezados por madres solteras por imposición y no por elección, el frecuente abandono de los hijos por parte de hombres irresponsables, las empresas y organismos que pagan menores salarios para las mujeres que hacen el mismo trabajo que los hombres, las burlas y agresiones de agentes del ministerio público contra mujeres que acuden a denunciar abusos físicos y sexuales de sus maridos, la falta de colaboración de hombres en el trabajo doméstico y un sistema de justicia que suele convertirse en cómplice de los hombres que evaden el pago de las pensiones para sus hijos en el desamparo, son algunas de las muy comunes y abundantes manifestaciones de violencia social estructural, que genera desigualdad, inequidad, sufrimiento e incluso muerte, con el aval implícito de la indiferencia de las instituciones.

La diferenciación entre mujeres y hombres durante los ataques de las fuerzas de represión del Estado, resultan obvias en medio de un México que vive en absoluta crisis política, social y económica. La violencia desatada contra la sociedad, reproduce sin duda los esquemas de azotar con mayor fuerza a quienes tradicionalmente hemos sido sujetas de violencia en todos los tipos y todas las modalidades.

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