Meza de Redacción

¡Vivan las revolucionarias!

Si Adelita era popular entre la tropa, no era solamente por su valentía, sino porque era bonita, tanto que ¡hasta el mismo Coronel la respetaba! (Un hombre poderoso respetando a una mujer ¡qué merito! y todo gracias a su belleza)

Cuando hablamos de la participación de las mujeres en la Revolución Mexicana nos viene a la mente la rielera (famosa por que tenía a su Juan) y que a lo más iba tras los batallones revolucionarios jalando a sus criaturas y echando tortillas.

La historia la escriben quienes vencen y, como sucede en las sociedades patriarcales, las mujeres siempre perdemos y somos borradas del texto para la posteridad. En el caso de las luchas históricas es fundamental para el machismo hacer creer a las generaciones futuras que las mujeres participaron, pero reproduciendo sus mismos roles domésticos.

Las revolucionarias Adela Velarde y Valentina Gatica (Adelita y Valentina) son el ejemplo de cómo las mujeres hemos quedado registradas en la historia: Ambas fueron aguerridas combatientes y hábiles estrategas, al igual que muchas otras en ese tiempo, pero sólo ellas trascendieron, no por ser buenas soldadas sino por ser bellas y porque había hombres sufriendo por su amor.

Cierto, las mujeres de la revolución mexicana sí iban en "la bola" cuidando infantes y realizando labores domésticas, pero no era lo único. Ellas padecieron la llamada triple jornada: lo doméstico, lo militar y una destacada participación como telegrafistas, enfermeras, oficinistas, reporteras, editoras de periódicos y maestras.

La presencia de las mujeres en el ámbito político fue vital para la revolución mexicana. Las magonistas, como Juana Belén Gutiérrez y Dolores Jiménez y Muro, llevaron a cabo un movimiento para liberar a los presos políticos en 1911; las maderistas Teresa Arteaga y Carmen Serdán formaron grupos antirreeleccionistas y difundieron los principios de la democracia.

En el movimiento que apoyó a Venustiano Carranza destaca el grupo de mujeres encabezado por Hermila Galindo, quien sostenía que la participación de la mujer activa debía darse en lo público y en lo privado. Ella fue una de las feministas más importantes en México entre 1915 y 1919.

El 16 de enero de 1916 se efectuó el Primer Congreso Feminista de Yucatán, que reunió a 700 mujeres destacadas toda la república. El congreso fue convocado por el gobernador yucateco Salvador Alvarado, 13 meses antes del Congreso Constituyente al final de la Revolución Mexicana. Como resultado de esta reunión las mexicanas ganaron el derecho a la administración de bienes, la tutela de hijas e hijos y salario igual a trabajo igual.

Gracias a la lucha que sostuvieron las mujeres durante la revolución sus demandas fueron incorporadas a la legislación y plasmadas en leyes tales como la Ley del Divorcio con Disolución de Vínculo, promulgada por Venustiano Carranza en 1914, la Ley Sobre Relaciones Familiares expedida en 1917 y la Ley del Matrimonio, que decretó Emiliano Zapata en 1915.

Finalmente el 5 de febrero de 1917 fue promulgada la Constitución Mexicana. En el artículo 123 se determinaron protecciones relativas al desempeño del trabajo femenino orientadas al rubro de la salud durante el embarazo y a la realización de trabajos que exigieran esfuerzos considerables.

Previo a la instalación de la Constitución Política de 1917, las mujeres participaron activamente en la construcción de la Carta Magna. Margarita Neri, Carmen Alanís, Rosa Bobadilla y María Arias Bernal, son sólo algunos nombres que hicieron historia en la búsqueda de los derechos políticos para las mujeres.

Una de las revolucionarias más reconocidas en ese tiempo fue Dolores Jiménez y Muro, quien participó en el Partido Liberal Mexicano y escribió en el "Diario del Hogar". En 1907 fue parte del grupo Socialismo Mexicano y se unió al maderismo en 1910, en el Club Femenil Antirreleccionista "Hijas de Cuauhtémoc". Jiménez y Muro participó en la redacción del plan político y social proclamado en Tacubaya, el 31 de octubre de 1911, y elaboró el prólogo del Plan de Ayala.

María Arias Bernal, perteneciente al "Club de la Lealtad", incidió en las decisiones de los revolucionarios con decretos en favor de las mujeres, como la Ley del Divorcio, la Ley del Matrimonio y la Ley sobre Relaciones Familiares, la cual reconoce la igualdad entre mujeres y hombres dentro de la familia, expedida por Venustiano Carranza, en 1917.

A pesar de todo ello, nuestra revolución quedó en deuda con las coronelas, mensajeras, soldadas, enfermeras y voluntarias que contribuyeron al triunfo, y quedó en deuda con las que nacimos después, porque los constituyentes negaron el derecho al sufragio femenino, aunque no les quedó más remedio que otorgarlo décadas después, en 1953, cuando las mujeres organizadas prácticamente les arrebataron el decreto correspondiente, que todavía hoy no nos ha alcanzado para acceder a los cargos públicos de verdadera toma de decisiones.

@taniamezcor  
FB: Tania Mezcor