Meza de Redacción

Violencia sexual en la construcción del Tuzobús

Una mujer que no rebasa los veinticinco años va corriendo, con cara de angustia. Lleva zapatos de tacón, carga una pesada mochila, el suelo está lleno de escombro. En esas condiciones, una muy probable caída le dejaría severas lesiones al menos en los codos y las rodillas. Aún así, el miedo a caer ha sido menor, al miedo que ella refleja en su cara y en su cuerpo, mientras atraviesa la glorieta “Insurgentes” en Pachuca.

La vi salir de la preparatoria uno. Desde que echó a andar por la glorieta, su rostro se cubrió de resignación (y de polvo), era evidente que llevaba días obligada a atravesar caminando por las obras de construcción del Tuzobús, en la capital hidalguense.

Ni siquiera estaba demasiado cerca de donde varios hombres trabajaban en las obras, cuando comenzó la violencia. Con todo el derecho que el machismo les da por ser hombres ante una mujer que camina sola por la misma calle donde ellos están, los trabajadores se volvieron hacia la joven y le dijeron de todo.

Primero, al paso de la mujer algunos hombres detuvieron su trabajo y acercaron sus caras a la de ella para decirle palabras que evidentemente la hicieron enojar, pero no dijo nada, sólo caminó más rápido. Conforme ella aceleraba, la violencia crecía, porque los violentadores subieron el tono de voz.

Se escucharon gritos y risotadas. Ya muchos de los hombres habían detenido su trabajo para reírse o insultarla. Uno de ellos se llevó la mano al pene e hizo la pelvis hacia adelante, justo en el momento que ella pasaba frente a él. Carcajada masculina general. Ahí empezó la carrera de la mujer.

Llegó llorando hasta un paradero de taxis y se subió a uno, con la cara roja por el llanto, el miedo y la rabia contenida.

En ese momento llegó un grupo de supervisores de obra. Les pregunté si estaban conscientes de la violencia sexual que sus trabajadores ejercían contra las ciudadanas que estaban obligadas a transitar por la construcción, y uno de ellos me respondió molesto ante el cuestionamiento: “Los piropos son lo más normal en una obra”.

Piropos… “dícese de aquella frase ingeniosa que se lanza a una mujer para adularla, cortejarla y enamorarla”. Sí, seguramente así se sintió esta mujer: Adulada, cortejada y enamorada por los hombres que la violentaron sexualmente en las obras del Tuzobús.

Este caso no es aislado. Basta observar un poco a las mujeres que no tienen más alternativa que caminar por las céntricas obras de este transporte, o  bien leer en las redes sociales cómo comparten la experiencia de violencia sexual: “Asco los albañiles del Tuzobús por la Villita. Ojalá que a sus madres nunca les digan lo que me dijeron hoy a mí”; “Para llegar a Hidarte tuve que escuchar de todo, traté de tomarlo con humor porque ¿ya qué hacía? Ni modo de correr con los tacones”; “Aún no llega el Tuzobús y ya lo odio, espero les pase por encima a los que lo construyen por las leperadas que nos dicen cuando pasamos” (este último comentario, publicado en la red social Facebook, tuvo la siguiente respuesta: “Amiga, yo ya le dije a mi hija que va a la prepa uno, que ni de chiste pase por ahí, aunque dé más vuelta para llegar a la casa, pero que no pase por ahí”)

La Ley de Acceso de las Mujeres a una vida Libre de Violencia para el Estado de Hidalgo, señala como modalidad de violencia por género la “violencia en la comunidad”, y la define como: “Toda acción u omisión, que se realiza de manera colectiva o individual por actores sociales o comunitarios, que generan degradación, discriminación, marginación, exclusión en la esfera pública o privada, que transgreden derechos fundamentales de las mujeres y que propician su estado de riesgo e indefensión”.

El sistema patriarcal asigna a los hombres lo público (el trabajo, el proveer, el éxito) y a las mujeres lo privado (lo doméstico, la crianza, el cuidado de los otros) Cuando históricamente las mujeres arrancamos al patriarcado el derecho de acceder a lo público, el machismo no tuvo más que acceder, pero no se resignó tan fácilmente. La agresión menor que padecemos las mujeres que dejamos lo privado, es el hecho de que “mujer pública”, no tenga el mismo significado cultural que “hombre público”.

Pero hay mucho más. De entre lo más visible, está el que una mujer que trabaja fuera de su casa deba cumplir con dobles o triples jornadas, porque si es exitosa en lo público, siempre se le recriminará si su casa está desordenada o si su familia no es “funcional”.

Lo anterior es lo evidente, pero la parte invisibilizada en la transgresión de las mujeres de lo privado hacia lo público, es esta violencia que todas hemos sufrido muchas veces al transitar por los espacios que algunos machistas consideran que NO es nuestro lugar: La calle.

Así, bajo la lógica misógina de “si no quieren que les diga nada, que no pasen por aquí o que no salgan de sus casas”, quienes construyen el Tuzobús están ejerciendo violencia sexual contra las mujeres durante todo el día, durante todo el tiempo que lleva la obra. (Ya irían más avanzados si no se detuvieran a cada momento a violentar mujeres)

¿Acaso las pachuqueñas vamos a tener que aguantar esta violencia en las principales calles de nuestra ciudad durante varios meses más? Y cuando ya esté en marcha ¿habremos de padecer la violencia sexual (ya no sólo verbal y psicológica, sino también física) que se sufre en el transporte público masivo? Por todos estos meses de obra y violencia sexual, el Tuzobús nace con una deuda hacia las mujeres de Hidalgo.

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