Meza de Redacción

Tuzobús: Mujeres a bordo

En esta semana, la Secretaría de Obras Públicas y Ordenamiento Territorial (SOPOT) incorporó cuadrillas de mujeres constructoras en las obras del Tuzobús, lo cual ha sido una extraordinaria noticia para las pachuqueñas que por diversos motivos (sobre todo económicos) no poseen un vehículo propio y están obligadas a transitar por las obras, en donde eran víctimas frecuentes de violencia sexual por parte de los hombres que realizan las obras.

Es un gusto ver la respuesta de las autoridades aún cuando, como señalaron, “no cuentan con ninguna denuncia formal”. Tal vez sea porque la violencia sexual en la vía pública lleva tantos años de existencia, como años llevamos las mujeres transitando por este espacio, considerado sólo para los hombres o para las “mujeres de la calle”, y por este motivo ha sufrido un proceso de “naturalización”, es decir, se ve como algo “natural” o “normal”.

No obstante, en el ciberespacio la dinámica de denuncia es diferente. Durante esta semana llegaron a mis cuentas de redes sociales diversas historias de violencia sexual sufridas por pachuqueñas y hasta por pachuqueños.

Con el gusto de saber que las autoridades ya han actuado al respecto y con el propósito de dar voz a las mujeres que se identificaron con el caso planteado la semana anterior en este mismo espacio, comparto aquí tres de los testimonios más representativos que amablemente me fueron expuestos durante esta semana por sus protagonistas. Todos ellos corresponden al tiempo anterior a la intervención de las instancias gubernamentales:

Una niña de 16 años, estudiante de la Preparatoria Uno, fue agredida junto con su novio (también de 16 años), su amiga (16 años) y el novio de su amiga (17 años). Todos estudiantes de la Prepa 1. Aunque el patriarcado les había enseñado que una mujer sería respetada en la calle si va acompañada por un hombre, cuando caminaban por la Glorieta Insurgentes a la salida de clases, los constructores les gritaron a ellas toda clase de insultos sexuales. Los dos menores los enfrentaron y entonces los insultos sexuales fueron para los cuatro. Tal como dicta el machismo, a los dos jóvenes les dijeron que “no tenían huevos”, que “eran putos” y de ahí los albañiles encontraron nuevas formas de agredir a las niñas, diciéndoles que con ellos sí conocerían a “hombres de verdad”.

Otro testimonio es el de una mujer adulta mayor que intentó defender a una mujer más joven a la que no conocía, pero con quien fue capaz de solidarizarse en el justo momento en que la violencia sexual era más fuerte, a su paso por la glorieta Insurgentes. “Cuando la muchachita ya casi iba llorando por las groserías que le decían, les grité que la dejaran en paz, que si no tenían madre o hermanas. Pensé que se iban a calmar, pero se pusieron bravos conmigo, me dijeron que yo les decía eso porque me daba envidia que a mí no me estuvieran diciendo de cosas ¡imagínese usted! estos barbajanes piensan que es un halago lo que dicen. Me enojé más y les dije que los iba a denunciar en el periódico, pero nomás se burlaron de mí. Ahí ya era yo la que quería llorar…”

El tercer testimonio es de un hombre. Un pachuqueño quien, lleno de indignación por la violencia sexual que su novia había sufrido una hora antes, (también en la glorieta Insurgentes) se dirigió hasta ese lugar para buscar a alguna autoridad y denunciar la agresión. Mientras buscaba a algún responsable, fue testigo de dos agresiones más contra otras mujeres, así que caminó un par de cuadras hasta encontrar a un policía, quien le dio por respuesta una verdadera joya:

“Las mujeres tienen la culpa de ser agredidas. Ellas son las que provocan al andar vestidas así, y luego no se aguantan. No se dan a respetar. Una mujer debe de darse a respetar porque luego uno se hace ideas que uno como hombre necesita expresar y ellas son las que luego no se aguantan...”

En el audio con la voz del policía que este pachuqueño me hizo llegar, se escucha cuando el entrevistador le pregunta al policía si está casado, si tiene hijas y si está facultado para actuar en caso de que le solicitaran su intervención ante este tipo de agresiones: “Sí, nosotros podemos intervenir porque eso se tipifica como actos libidinosos y si nos piden el apoyo, presentamos a ambas partes con la autoridad correspondiente, pero es mucho embrollo, además, le repito, ellas… ellas son las que tienen la culpa porque primero provocan y luego no se aguantan... yo sí tengo hijas, dos niñas pequeñas, y mi esposa es una mujer decente que se da a respetar. Así hay que buscarlas, joven. Aunque no tengan chichis ni nalgas, pero que se den a respetar; ésas son las mujeres que valen”.

Incorporar a mujeres constructoras a las obras del tuzobús es una acción acertada, pero hay que ver si da resultado, o si no son ahora estas mujeres quienes sufren la violencia sexual.

A partir de ahora que las autoridades se han percatado que en la construcción de este medio de transporte debe haber perspectiva de género, resulta indispensable que también se tenga esta mirada cuando el tuzobús entre en marcha, mediante espacios asignados, separación entre mujeres y hombres en horas pico, capacitación al personal de seguridad en protocolos de actuación en caso de violencia de género, implementación de campañas en las estaciones para fomentar la denuncia por violencia contra las mujeres en el transporte público, entre otras valiosas acciones que permitirán al tuzobús ser realmente una opción de movilidad segura, respetuosa e incluyente para las hidalguenses.

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