Meza de Redacción

Gobierno sin compromiso con la infancia

Dos noticias. La buena: Ayer entró el vigor el protocolo facultativo de la Convención de los Derechos de la Niña y el Niño, con lo cual la población infantil y adolescente podrá presentar denuncias internacionales ante un comité de las Naciones Unidas, por violaciones a sus derechos. La mala: México no quiso firmarlo.

Justo en el marco del 16 de abril, Día Internacional contra la Esclavitud Infantil, México demostró que su compromiso con la infancia es nada más por encimita, ya que luego de que la ONU le diera dos años para pensar si lo firmaba, el gobierno de nuestro país decidió no unirse a Albania, Bolivia, Gabón, Alemania, Montenegro, Portugal, España, Tailandia, Eslovaquia y Costa Rica, únicas naciones en el planeta que aceptaron suscribir este protocolo.

Para los gobiernos totalitarios del mundo, reconocer a la infancia y adolescencia como merecedoras de derechos, implicaría aceptar que las y los más jóvenes tienen el mismo valor que quienes gobiernan, o quienes pertenecen a los sectores sociales privilegiados. En una visión dictatorial, lo más que se concede es que el otro y la otra puedan ser atendidos, pero desde el asistencialismo en donde sólo quien tiene el poder sabe lo que es mejor para el resto de la población.

Un ejemplo de ello es el caso mismo que dio origen a este Día Internacional contra la Esclavitud Infantil. El 16 de abril de 1995 la mafia tapicera de Pakistán asesinó a Iqbal Masih, niño de 12 años, esclavo del trabajo tapicero, quien pese a su corta edad, llevaba varios años luchando contra la existencia de 400 millones de niñas y niños esclavos en el mundo. 

En memoria de su ejemplo y su lucha se estableció la fecha de su asesinato como Día Internacional contra la Esclavitud Infantil. Durante su breve vida, como militante del Frente de Liberación del Trabajo Forzado, Iqbal llegó a cerrar varias empresas en las que todos los trabajadores eran niñas y niños esclavizados con jornadas de más de 12 horas diarias. 

En sus discursos, Iqbal Masih recordaba su propia experiencia como niño esclavo:

“Tengo que sentarme en la misma posición durante muchas horas. No me permiten moverme durante mis doce horas de trabajo diario. No nos conceden días libres. Incluso los niños enfermos no pueden descansar, cuelgan a algunos de mis pequeños compañeros cabeza abajo hasta que enferman mucho más. Nos pegan latigazos en la espalda o en la cabeza cuando dormimos o trabajamos más lentos o nos dejan sin comer. Si intentamos escapar nos amenazan con echarnos en aceite hirviendo. Tenemos tanto miedo que no nos atrevemos a ayudarnos los unos a los otros”.  

Iqbal tenía cuatro años cuando su padre lo cedió a una fábrica de alfombras de Punjab, Pakistán, a cambio de un préstamo para pagar la boda de Aslam, el hijo mayor.

Sobre la emblemática historia de Iqbal, la Organización Amnistía Internacional (AI) narra que el caso de este niño era un hecho habitual: Los hijos menores eran entregados a cambio de préstamos, para casar a los mayores. Para la madre de Iqbal, una campesina pobre, conseguir el dinero para la boda de Aslam era una obligación, así que Iqbal y Patras, el otro hermano menor de Aslam, debían mostrase solidarios con su hermano mayor.

En estos casos, los patrones de las fábricas recuperaban el dinero prestado descontando una parte del salario mensual acordado con sus obreros esclavos, o con su familia en el caso de menores, lo que forzaba a los trabajadores a permanecer a su servicio hasta la restitución total de la deuda.

A los dueños les alegraba ver a las familias de los menores pedir nuevas cantidades antes de que el miserable salario hubiera redimido la deuda anterior, y así el endeudamiento no concluía.

De acuerdo con AI, fue en estas circunstancias que el 1987 Iqbal empezó a trabajar más de 12 horas diarias haciendo alfombras para devolver el préstamo familiar, pero a causa de los intereses y de los nuevos préstamos solicitados por el padre, la deuda crecía, hasta que llegó a las 13 mil  rupias.

Cinco años después, Iqbal se inspiró en Ehsan Khan, un luchador contra el trabajo esclavo, y a partir de 1993 se convirtió en un líder infantil que visibilizaba las condiciones laborales, los horarios y el régimen de esclavitud en el que viven aún los niños trabajadores en algunos telares de alfombras.

Iqbal se hizo mundialmente popular y numerosas asociaciones humanitarias comenzaron a prestar oídos a una situación que contravenía los derechos infantiles y que el gobierno de Pakistán había preferido ignorar, a pesar de los acuerdos internacionales suscritos.

A causa de sus denuncias y de su activismo, Iqbal era un personaje cada vez más incómodo para quienes se beneficiaban del trabajo infantil. En 1994 ganó el “Premio Reebok a la juventud en acción”, instituido para reconocer las actividades en pro de la infancia. Un premio otorgado por Reebok, una multinacional que paradójicamente empleaba mano de obra infantil en sus fábricas de Pakistán.

En el año 2000 se otorgó el “Premio de los Niños del Mundo” por primera vez. A título póstumo se concedió a Iqbal Masih, cuya historia de lucha es sin duda excepcional. Lo que no es una excepción es su historia de esclavitud, ya que en Pakistán y en muchos otros países del mundo (México incluido) la esclavitud infantil para trata sexual, para labores domésticas o para trabajo en fábricas, es una devastadora realidad a la que los amos del dinero están muy lejos de querer renunciar.

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