Meza de Redacción

Gil, el caballero

Ernesto Gil es todo un caballero. Cuando su vecina de curul se levanta, él también se pone de pie. Cuando ella vuelve, él se apresura para ayudarle a acomodar su silla. Todo un caballero, producto de lo que la teoría de género llama la “misoginia romántica” oculta en el micro-machismo cotidiano, que bajo el nombre de “caballerosidad” muestran la convicción de que una mujer por sí misma no puede caminar, avanzar, sentarse, ponerse de pie o abrir y cerrar una puerta.

Una de las características básicas del micro-machismo es que se trata sólo la punta del iceberg de la misoginia de una persona. Gil, el caballero que se pone de pie cuando una mujer se levanta, no tiene el menor empacho en ordenarle a los integrantes de la seguridad del Congreso local que empujen, jaloneen e insulten a las mujeres activistas, cuando éstas cometan el grave delito de pretender conversar con el impuesto presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Hidalgo.

Hablar sobre el contenido misógino de la caballerosidad es complicado, porque muchas mujeres que hoy gozan de los beneficios y los derechos ganados históricamente por las feministas, desean también “sentirse halagadas” con “los cuidados” de “los caballeros”.

Cuando las feministas hablamos sobre misoginia romántica es frecuente ser catalogadas de extremistas bajo la premisa de: “¿qué tiene de malo que el señor le haya ayudado a acomodar su silla? Al contrario, se ve que se preocupa por las mujeres” (Claro, cuando te percatas de que minutos después ordena violentar físicamente a las activistas, ya no piensas que “se preocupa por las mujeres”)

Cada quién sabrá si le gusta o le disgusta la “caballerosidad”. Si la considera una “amable atención” o si es le parece un claro mensaje de “te ayudo porque tú no puedes”. En cambio, lo que sí se busca es la solidaridad entre las personas. No se trata de que ayudes a alguien a cargar, que le cedas un asiento o le abras una puerta a otra persona por su género, sino porque veas que realmente requiere ayuda para tal fin.

Independientemente de si alguna mujer dice necesitar la “caballerosidad”, para ejercer el libre albedrío respecto del tema, es necesario saber que esta misoginia romántica fue la estrategia androcentrista empleada para contener la influencia generada por las líderes históricas del feminismo como Wollstonecraft, Gouges, Condorcet.

Luego de que ellas literalmente fueron aplastadas por el machismo (Gouges incluso murió guillotinada por exigir derechos para las mujeres) su pensamiento comenzó a ganar muchas adeptas y, para contrarrestar este fenómeno, el poder falocéntrico del siglo XIX se valió de algunas corrientes filosóficas para justificar la exclusión de las mujeres del ámbito público. Sólo que, a diferencia de otras regiones del mundo en las que las mujeres fueron dejadas de lado nada más porque sí, la cosmovisión europea quiso verse refinada y buena gente, así que el mensaje fue: “Las excluimos de lo público, y las remitimos a lo privado no por malos, sino porque deseamos cuidarlas, ya que ustedes son débiles”.

La filósofa Amelia Valcárcel subraya que para la misoginia romántica, estos aparentes “tratos considerados” son porque “todas las mujeres son la mujer, en el fondo la hembra, y ninguna de ellas tiene derecho a un trato que sea el de sexo segundo. Lo que avergüenza a las culturas europeas ante culturas como el oriente o el islam es la apariencia de individualidad que una estúpida galantería concede a las mujeres”.

Y este pensamiento rige hoy todavía en muchos integrantes de la clase política, quienes consideran que frases como “primero las damas” les llevan a demostrar su buen trato por las mujeres. Aunque tal situación es patética, no se compara al doble discurso de Gil, el caballero, quien es misógino romántico por un lado y abierto violentador de mujeres, por otro.

Ya sea ayudando a su compañera a acomodar su asiento, o mandando a agredir a las activistas, Gil, el caballero, asume que puede decidir lo que las mujeres pueden o no hacer: La diputada de junto, a pesar de su trayectoria política y su fortaleza en un ámbito tradicionalmente masculino, seguramente no es capaz de acomodar su propio asiento (si en lugar de vecina de curul tuviera vecino, ¿también se levantaría y le ayudaría con la silla?) Y las activistas… ésas mal hacen en pretender abordar a un funcionario que no quiere hablar con ellas ¡no las dejen acercarse!

¡Qué bonito coordinador! ¡Y qué bonito Congreso local, tan bien portadito y disciplinado en la votación! Ojalá que sigan así de alineaditos y alineaditas, en el caso de que vuelven a llegar iniciativas del Ejecutivo en favor de los Derechos Humanos de las Mujeres, como la que propuso la tipificación del feminicidio y la transversalización de la perspectiva de género en los códigos penales y de procedimientos penales.

Así, la misoginia romántica es el indicador inconfundible de quien considera que las mujeres que rompen con el estereotipo de sumisión deben ser castigadas, y por ningún motivo merecen el “romanticismo” de la “caballerosidad”. ¡Ay! ¡Qué romántico es el presidente del Congreso local!

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