Meza de Redacción

Día por una vejez sin violencia

Aunque la sociedad ya lo sabía y lo padecía, tiene relativamente poco tiempo que los gobiernos de todo el mundo comenzaron a tomar conciencia de que el envejecimiento poblacional es un problema cada día más latente.

Por ello, este 15 de junio se conmemora el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato a la Vejez, un logro que durante años buscó la Red Internacional para la Prevención del Abuso y Maltrato a la Vejez (INPEA) y que por fin consiguió en 2006.

Nos enfrentamos a un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad: el envejecimiento de la población, señala la Doctora Mercé Tabueña Lafarga, investigadora de la Universidad de Barcelona. En otros períodos históricos, la gente no envejecía masivamente, pero el avance de la ciencia nos presenta nuevas situaciones que deben resolverse rápida y creativamente. Una de ellas es el abordaje de la violencia y el maltrato a las personas mayores.

Como consecuencia de la prolongación de la vida (la esperanza de vida y la buena salud aumentan continuamente), surge un nuevo intervalo de edad situado entre la edad madura y el inicio de la vejez.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala al respecto que la población mundial de las personas de 60 años o más será más del doble, de 542 millones en 1995 a alrededor de 1.200 millones en 2025. La ONU apunta también que “se estima que entre el 4% y el 6% de las personas mayores de todo el mundo han sufrido alguna forma de abuso y maltrato. El maltrato de las personas de edad puede llevar a graves lesiones físicas y tener consecuencias psicológicas a largo plazo. Los malos tratos a las personas de edad se prevé que aumentarán dado que en muchos países el envejecimiento de la población es rápido. El maltrato de las personas mayores es un problema social mundial que afecta la salud y los Derechos Humanos de millones de personas mayores en todo el mundo y es un problema que merece la atención de la comunidad internacional”.

Actualmente, el tema de la vejez ha tomado dos vertientes encontradas. Por un lado, en el contexto urbano occidental de nivel socioeconómico medio a alto, se miran personas adultas mayores muy alejadas del estereotipo tradicional de las cabecitas blancas meciéndose en el pórtico y esperando el final.

En México, este grupo poblacional (que no es mayoritario, pero sí cuantitativamente importante) se integra por adultos mayores de 60 años provenientes de una generación a la que sí le tocó la seguridad social en muchos aspectos, entre ellos el derecho a una pensión por jubilación, y a contar con servicio médicos públicos en donde, mal o bien, atienden sus problemas de salud.

Estas mujeres y hombres que hoy tienen entre 60 y 80 años, frecuentemente siguen siendo los pilares económicos de una familia integrada por hijos e hijas a quienes las crisis económicas y los gobiernos neoliberales les negaron los derechos laborales que sí observan en sus padres y madres. Estos jóvenes van de un empleo a otro sin conseguir estabilidad en el trabajo.

Así pues, los desequilibrios económicos por los que el país ha pasado en las últimas décadas nos entregan adultos mayores que aún no pueden soltar la estafeta económica de sus familias, y que siguen siendo las cabezas de hogar (en el aspecto económico y en todo lo demás) cuya descendencia treintañera continúa instalada en la adolescencia emocional, debido a que los bajísimos salarios de los jóvenes profesionistas les impiden irse del hogar materno, y mucho menos construir un patrimonio propio o establecer una familia.

Pese a lo anterior, la situación de adultos mayores empoderados como líderes familiares es aún la excepción y no la regla. En su mayoría, la población integrada por las y los ancianos padece violencia por parte de sus familiares y de su contexto social, bajo la premisa capitalista de “tanto tienes, tanto vales”, y como en la vejez “ya no se es productivo”, porque esa persona “ya no gana dinero”, las personas mayores sufren maltrato bajo tres grandes áreas: Abandono (aislamiento, desamparo y exclusión social), Violación (de los derechos humanos, de los derechos legales y de la salud) y Privación (de opciones, de la toma de decisiones, de un estatus, de la gestión económica y, fundamentalmente, de respeto)

Otro aspecto a considerar es que el dinero público recibido por la población adulta mayor, contribuye en alguna medida a modificar el sistema familiar de abuso a la vejez, porque el abuelo o abuela que antes era una carga económica, ahora tiene de seiscientos a mil pesos seguros al mes, y ello cambia su posición familiar. Pero esta realidad sólo es vivida por quienes están en el padrón gubernamental de apoyos.

Así pues, los gobiernos tienen la obligación de diseñar e implementar leyes, procedimientos y políticas públicas con base en los principios de igualdad de derechos para las personas mayores de las Naciones Unidas, que marcan objetivos claros en cinco áreas claves: Participación, independencia, cuidado, autosatisfacción y dignidad.

Aunado a ello, la sociedad debe establecer un compromiso de respeto con la población adulta mayor, no sólo porque los derechos no están a discusión, sino porque para allá vamos quienes tengamos suerte de llegar, y lo ideal sería verlo no como un castigo ante la merma de algunas capacidades físicas, sino como una oportunidad para cerrar una vida extraordinaria.

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