Estado fallido

Las secuelas de "Presunto culpable"

Después de que el pasado viernes en la noche el documentalista Roberto Hernández se presentara en la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión para declarar que había recibido una amenaza de muerte bastante creíble contra él y su familia, no hay forma de decir que el trabajo de un documentalista es uno que en México se pueda realizar con libertad. Sí, la película pudo ser proyectada después de otra titánica batalla. ¿Y luego?

¿Qué otro tipo de atentado le queda a los enemigos de la cinta que expuso las deficiencias del sistema penal en nuestro país? Ya hay una demanda contra sus realizadores tan absurda que de no ser tan grave sería para llorar de la risa. ¿Tres mil millones de pesos por usar las imágenes sin permiso de personas que fueron parte del caso? ¡Incluso de servidores públicos! (¿Qué les hace pensar que su trabajo, por el cual les pagamos todos, debe mantenerse en lo oscurito?). Impensable que la sociedad les exija cuentas a estas personas.

Me tiene muy impresionada la entereza y claridad con la que han defendido su trabajo periodístico Roberto y Layda Negrete ante tantos intentos contundentes y certeros de hacerlos callar. Y a pesar de la pesadilla que han vivido desde entonces, el mensaje ha sido transmitido exitosamente. Pero ahora es cuando el tema se vuelve todavía más delicado. Independientemente de lo que pensemos o no sobre la historia y el personaje principal del documental, el tema de la inocencia del mismo no es el centro de este remolino. Y si ya tenemos esa información en nuestras manos y como sociedad permitimos que se genere un ambiente tan hostil para estas voces y las de cualquier documentalista, entonces sí estamos fritos. ¿De qué nos sirve la libertad de expresión si no hacemos nada con ella?

El permiso de ser morbosos

Casi me voy de espaldas el otro día cuando, revisando la información “más relevante” de los espectáculos en los medios especializados del mundo, me di cuenta de que la nota más recurrente y destacada era la profunda duda existencial respecto a si Justin Bieber se había acostado con una prostituta en Brasil.

Siempre me he preguntado, por qué nos parece tan fascinante la vida de cierto tipo de personas. Entiendo el porqué se destacan esas notas, son un gran negocio para la circulación de un impreso, el rating de radio o tele o el tráfico de una página de internet. Pero lo que realmente me he preguntado es cómo elegimos a los personajes que nos hacen suspender nuestra prudencia social y nos permiten ser descaradamente morbosos. Es obvio que a Bieber y personajes similares todo esto les resulta un negocio completamente redituable, hasta que algún día despierten y descubran que ya no se distinguen a sí mismos de ese figurín que fluctúa entre ser deseado y ridiculizado. Para entonces, nosotros ya lo habremos desechado como si fueran papel de baño.  Esta padre el negocio, ¿no?

¿En serio?

¿Cher declaró que Dalí le regaló un vibrador? ¿Uh?