Estado fallido

 Aquellas pequeñas cosas

Ya perdí la cuenta de las veces que he visto el show Love de Cirque du Soleil en Las Vegas. Mi trabajo me lleva mucho a la ciudad y si tengo tiempo  siempre escapo, no tanto a ver a los impresionantes acróbatas, sino a escuchar las pistas originales de Los Beatles que fueron retomadas por su productor George Martin para crear un show alucinante. He llevado a las personas que más amo en mi vida  a verlo y es una tradición para mí.

En esta ocasión entré sola y un poquito desganada. A pesar del esfuerzo telefónico y cibernético que me hizo perder horas de mi vida, no había podido cambiar mi vuelo para poder quedarme un par de días más en el lugar. Y es que me habían invitado a la cena de gala para rendirle tributo al artista del año en los Grammy Latinos. Seré honesta, generalmente eso no me hubiera preocupado mucho. Pero el artista en cuestión es Joan Manuel Serrat y lo único que yo quería era poder decirle, aunque fuera a través de aplausos cercanos, lo mucho que había significado en mi vida.

Así que ahí me tenían, como acostumbro conmovida hasta las lágrimas por el show de Los Beatles y saliendo directo (que bien hacen eso los gringos) a la tienda de regalos. Yo ya le había echado el ojo a una camisa rosa con el logo del cuarteto de Liverpool y fui directo por ella y de ahí a la caja.

Entonces la fila para pagar se volvió un poco confusa. Un par de señoras corpulentas se me metieron y el cajero me vio con pena. Yo solo sonreí ¿Ya qué? Pero claro, detrás de estas sensibles norteamericanas con bermudas de turista ya se había creado otra fila que estaba creciendo con cada segundo. Cuando la inocente mujer, que venía después se dispuso a pagar el cajero me defendió con energía. “¡Que no pueden ver que ella estaba primero!” Les dijo con un tono de voz que se escuchó hasta el final de la tienda.

 Volteé a verlas y casi se me desaparece el piso debajo de mis pies. Con ellas, comprando parafernalia de Los Beatles, Joan Manuel Serrat. Quien de muy buena gana sonrío y se fue a la caja que seguía. “Me muero. Me muero. Me muero”, creo que gritó mi cerebro varias veces. Ambos pagamos y salimos al mismo tiempo. “Pues ya que me coma la vergüenza”, me dije. “Pero no me la pierdo”.

 “¿Maestro Serrat?”, pregunté. “¿Sí?”, me dijo amable. Con su característica sonrisa amable. “¿Le gustó el show. Es usted fan de Los Beatles?” (Le gustó y lo es). Y seguimos caminando, apretados entre las multitudes. Al final, y tomando en cuenta que no estaba reporteando, me atreví a pedirle una foto. Aceptó de inmediato. Cuando vio que sería selfie dijo: “No. Mejor que nos ayuden”, y convocó a su acompañante que también sonreía. “Que sirva para compensar que nos tratamos de meter frente a ti en la fila”, me dijo. Un guiño y luego siguió su camino. Me quedé paralizada fácil unos 15 minutos con una risa inexplicable. Aquellas pequeñas cosas, son las que hacen a los ídolos.

 ¿En serio?

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susana.moscatel@milenio.com