Estado fallido

Un paseo con Robin Williams

Más allá de las inevitables voces que siempre se quejan cuando un famoso muere y el mundo se conmociona, hay mucho que decir acerca de Robin Williams y, afortunadamente, este es el espacio para hacerlo. Es imposible hablar de todo su trabajo, pero estos son solo algunos momentos que marcaron la historia de nuestras vidas, a través de sus personajes.

Desde que interpretaba al alien Mork en la serie Mork and Mindy, de 1978 (que derivó de un personaje que hizo en un capítulo de Happy Days), Robin Williams destacó por tener su propio ritmo, nos generaba la sensación de que tenía un diálogo interno muy particular en donde la improvisación llevaba la batuta y nos conducía con ella. Por esos mismos tiempos hizo al inolvidable Popeye y por siempre fue el rostro de ese personaje que antes dominaba las caricaturas.

 En plena guerra fría, 1984, para ser exactos,  le dio vida a Vladimir Ivanoff, un ruso que escapaba de un circo que visitaba Nueva York y se metía a la tienda Bloomingdales para toparse con nada menos que María Conchita Alonso. ¿No la vieron? Era delirante y emotiva. Nada más representativo de la forma en la que la comedia manejaba los temores de aquellos tiempos.

 En 1987 hizo lo que para una servidora fue su película más original y relevante. Era ¡Buenos días! Vietnam y ahí fue donde logró darle un giro a la tuerca de la más trágica y absurda guerra de Estados Unidos (hasta el momento) y lograr que la gente comenzara a superar el mal trago a través de la risa. También hizo que miles y miles de nosotros nos enamoráramos del poder de la radio.

 Para cerrar los 80 nos movió las emociones con La sociedad de los poetas muertos, que aunque para algunos es un placer culposo (sí era algo cursi), para la mayoría de nosotros, que estábamos en la edad del acelere emocional con pretensiones intelectuales, nos sacudió para siempre.

En los 90, junto con Robert DeNiro, impactó con Despertares (1990) y por siempre se apoderó de la imagen de Peter Pan al lado de Dustin Hoffman en Hook (1991). Después se dio el lujo de improvisar prácticamente todo el personaje del genio en la versión animada de Aladino de Disney (1992). Más tarde, hizo a La señoraDoubtfire (1993) impactando con su capacidad de capturar a la mujer que llevaba dentro. Ya venía la secuela de dicha película.

¿Jumanji? Un clásico de aventura y suspenso. Muy imitado, jamás igualado. Criticado en nuestro país, porque durante la estampida de animales se escuchaba nuestro himno nacional (eso no fue culpa de Williams). Menteindomable (1997), que por fin le dio su Oscar.  Más allá de los sueños. Aquí hay que hacer una pausa. Era la historia de una mujer que pierde a sus hijos y a su marido (Robin) y se hunde en la depresión. Él la ve desde su versión colorida del paraíso, mientras ella en plena depresión considera el suicidio que, según la película, la condenaría a una especie de infierno. Irónico y trágico ahora que lo pensamos un poco.

 Cómo les digo, nunca acabaríamos, ¿pero se dan cuenta que si tienen menos de 50 años este actor los ha acompañado absolutamente toda la vida? ¿Cuántas risas le debemos a Robin Williams? Como conciliar eso con una depresión tan profunda, que parece ser el motivo por el que ya no está aquí. Tal vez lo único que podemos hacer, además de recordar su interminable filmografía y volver a sonreír con él, es aprender algo sobre esta tremenda y trágica enfermedad que es la depresión. Seguramente a alguien podremos ayudar por entender que no solo se trata de estar triste, y que requiere de apoyo, amor y ayuda.

susana.moscatel@milenio.com