Estado fallido

Una obra, dos visiones

Cuando Jorge Ortiz de Pinedo me platicó acerca de lo emocionado que estaba por que estrenaría Tic Tac Boom, la premisa me sonó un poco familiar, pero sumamente atractiva. Hasta hablamos de lo parecido que era el título a un musical de Jonathan Larson (Rent) y de lo increíble que nos resulta el trabajo de la dramaturga Sabina Berman y de lo felices que estábamos todos de verlo de regreso en los escenarios. Todo bueno.

 Pero no fue hasta que estaba sentada en mi butaca en el teatro López Tarso, del sur de la Ciudad de México, que me di cuenta de que la obra ya la conocía, que la había visto el año pasado en el Foro Shakespeare y que entonces tenía otro nombre: El narco negocia con Dios. En ese entonces los protagonistas eran los estupendos  Moisés Arizmendi, Haydeé Boeto, Ítari Marta y Juan Carlos Vives, quienes literalmente no cabían en el pequeño y maravilloso espacio que es ese foro por las carcajadas nerviosas que provocaban. Pero la obra era muy distinta, el público era muy diferente, y la atinadísima dirección de Ana Francis Mor sorprendió a más de uno y la verdad es que varios no sabían dónde acomodar sus emociones. El tema es MUY trágico. El texto habla de lo que bien podría ser el factor que nos define como sociedad. ¿Somos buenos o malos? ¿Qué es el bien y el  mal? ¿Se puede compensar uno con actos del otro? Todo esto empacado en una comedia de enredos es francamente… explosivo.

¿Pero por qué este texto tenía años rondando por ahí? ¿Por qué Sabina Berman nunca pensó que la realidad alcanzaría las trágicas realidades que proyecta tan atinadamente en esta (imposible de creer) comedia? La respuesta a la pregunta es: por optimista. ¿Quién diría que todo se pondría tan mal? ¿Que la realidad alcanzaría a su ficción? ¿Quién diría que necesitaríamos reír de esos horrores que hieren diariamente a nuestra sociedad?

Pues Jorge Ortiz de Pinedo también se dio cuenta del potencial de este texto. Funciona perfectamente para el público que dedica gran parte de su vida a perseguir cierto tipo de teatro, ¿em? ¿culto? Pero también es perfecto para aquellos que reíamos con él desde los tiempos de Sálvese quien pueda. Y la dirección de Antonio Castro cumple perfectamente esa función. Tal vez exceptuando lo exagerado de ciertas poses de Claudia Ramírez, las cuales distraen de la acción y las líneas, Karina Gidi, Rodrigo Murray y el mismo Jorge logran que ambos mundos confluyan de tal manera que uno no sabe qué le pasó cuando sale de ese teatro.

Me gustó mucho esta versión también. Es diferente. Y tiene la delicia de ser para un público más extenso y mediatizado cuando también cuenta con el privilegio de Karina y Rodrigo, sin duda dos de los más importantes actores de teatro de nuestro país (en el estreno, por ejemplo, me la pasé de maravilla sentada entre Polo Polo, Laura Zapata y Letty Calderón). Eso es bueno, muy bueno para todos. Hasta entiendo por qué Jorge y Pedro Ortiz de Pinedo, quien produce, decidieron cambiarle de nombre a la obra. Solo quisiera que me hubieran dicho, igual no me la perdía por nada. 

susana.moscatel@milenio.com