Estado fallido

La muerte de John y Alicia Nash

Ese es el poder del cine. Nos hace enamorarnos de personajes que si existieran en nuestras vidas serían entrañables, difíciles, complejos y necesarios. John Nash, ganador del Premio Nobel y matemático brillante, parecía un ser querido por la mayoría que de los que lo conocimos al ser magistralmente interpretado por Russell Crowe en Una mente brillante (2001).

John y Alicia Nash (Jennifer Connelly en la cinta) murieron el pasado fin de semana en el más estúpido de los accidentes viales que pueda uno imaginar. Un taxi en el que viajaban trató de rebasar a alguien y perdió el control en Nueva Jersey. Enseguida, Crowe publicó sus sentimientos de dolor en Twitter, y miles de nosotros le hicimos eco. Qué clase de final es este de una historia tan profunda y llena de lecciones. En el cine, un John Nash devastado por la esquizofrenia, pero luchando por regresar a ser quien fue, recibe el más grande honor para un catedrático de su alma máter. Sus colegas se detuvieron frente a él y, en signo de respeto, le entregaron sus plumas, alineándolas en la mesa. Así termina esa historia. Pero lo cierto es que la historia siguió por veintitantos años más. La batalla, los descubrimientos, las rupturas y reencuentros amorosos de la pareja y tanto más. Todo ello terminó en un taxi este fin de semana. Fueron vidas fascinantes y agradezco mucho al poder del buen cine habernos hecho parte de ellas a quienes no tuvimos el honor de conocerlos.

Juzgar a niños

Así como el viernes escribimos en este este espacio sobre lo disonante que nos parecía que Laura Bozzo se haya jactado de estar personalmente involucrada en la ayuda legal para la familia de Christopher, el niño que fue asesinado por otros menores de edad que jugaban al secuestro en Chihuahua, hay otra reflexión que vale la pena comentar y que admito que me generó estar pensando en este tema después de ver cómo se trató en este espacio del Canal 2. La señorita Laura, con su habitual y estridente estilo, exigió y exigió que no se juzgue a los niños asesinos como mayores de edad. ¿Quién podría argumentar contra eso? ¿Quién quiere verlos salir libres a los 25 años de edad después de lo que hicieron? La verdad es que a pesar de la molestia que nos provoca a muchos el estilo, modo y resultados de la conductora, ese enfoque en particular ha sido también uno de los temas más recurrentes entre expertos legales desde que ocurrió el trágico crimen.

¿Será el lugar de un programa de entretenimiento poner este debate en la mesa del ciudadano común? ¿El que no es experto en leyes? Interesante pensarlo. ¿Generará presión en este juicio? Pues no debería. Si hubiese un objetivo mayor, se trabajaría en otros ámbitos para que cambie la ley. Y más importante todavía, si hubiese un objetivo aún superior se buscaría entender cómo es que llegamos a este punto como sociedad y trabajar por ese lado. Los niños pueden ser tan malos o peores que los adultos, eso quedó más que claro en esta triste historia. Pero de algún lugar lo aprendieron. Con este tema en la cabeza y la reflexión de la cobertura mediática a la que nos hemos visto enfrentados, creo que ese es el meollo del asunto. La historia de Christopher no es una cruenta nota roja aislada. Es un síntoma de toda nuestra descomposición social. Simplificar las cosas para que funcionen bien para el rating de un exitoso programa de televisión es un desperdicio de oportunidad para buscar un bien común y mayor. Sin embargo, el tema fue planteado y admito que eso ya es (y no digo esto fácilmente) algo positivo que salió de lo que solo se sentía como una abusiva cobertura televisiva.

¿En serio?

¿Se nos viene encima una campaña mundial tratando de anular las selfies en las alfombras rojas? 

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