Estado fallido

El matrimonio de Jennifer Aniston

Hace un par de años, en una mesa redonda con Jennifer Aniston, una reportera le preguntó que si su personaje sabía algo que ella no. Esto se lo preguntaba por el hecho de que su personaje sí había logrado estar en una relación que aparentemente perduraría. El silencio incómodo solo fue superado por la cara de las publirrelacionistas que ya apuntaban el nombre de la reportera que nunca más sería vista otra vez en un evento de este tipo. Pero la respuesta de Aniston fue muy certera. “Tú sacas conclusiones sobre mí, acerca de lo que escriben los medios de comunicación. Y tú eres ese medio de comunicación. ¿Cómo esperas que responda a tu pregunta con seriedad?”.

Cuánta razón tiene esta mujer a quien muchos siempre han insistido en comprender tan solo como tres cosas: Rachel, de Friends, un gran corte de pelo y la mujer que Brad Pitt dejó por Angelina Jolie. A partir de esa última comenzó una espantosa manera de tratar a la actriz, básicamente vendiendo millones de revistas basadas en la especulación de su incapacidad de retener a un hombre. Yo siempre me preguntaba: “¿Esto es en serio? ¿Ustedes, señoras bolsonas tiradas en el sofá leyendo la revista de chismes, podrían retener a su hombre si Angelina le echa el ojo?” Pero el negocio fue tan extraordinario que creció, creció y creció por años. Y no había nada que pudiera hacer Aniston ni la razón misma para cambiar esa percepción.

La realidad es esta: Jennifer ni es Rachel y tiene un sentido del humor bastante agudo, oscuro y una boquita de maravilloso carretonero que uno descubre después de tres minutos de hablar de verdad con ella. Hasta en las entrevistas. Y por cierto, siempre se manejó impecablemente respecto a lo que le pasó en su vida personal. Pero como es mejor negocio venderla como “víctima” y sobre todo “la incapaz de tener una relación”, así se ha hecho. ¿Lo triste? La gente, sobre todo las mujeres, lo hemos comprado.

Es muy grave, más allá del juego de manipulación mediática. A mí me provoca náuseas escuchar a la gente hablar como si fuera con conocimiento de causa sobre la vida de alguien que ni conocen, con un dejo de superioridad y absoluto desdén. Esas personas ni piensan que ellas son las que fueron manipuladas con la información. No se les ocurre que su opinión que defienden con todo el derecho de la crueldad de sus palabras no es más que el negocio de alguien más. Se sienten libres y valientes e inteligentes, porque a ellas no las dejó Brad Pitt. Es una reducción dramática del “valor” de una mujer. De cualquier mujer. Pero le entramos con gusto, porque “es figura pública y para eso se renta”. 

Les aseguro que Jennifer está muy bien. Pero al escuchar las discusiones y malos presagios ahora que aparentemente sí se casó con el novio con quien lleva años, me pregunto si en algún momento nos cuestionamos ¿qué clase de personas somos por reacciones como las que tenemos a temas que parecen sin importancia? ¿Nos cuestionamos siquiera sobre el origen de nuestra opinión sobre temas como éste? ¿Nos preocupa el origen de la información con la que sacamos esas conclusiones? ¿Nos ponemos a pensar que si somos así de susceptibles a cosas que no importan, ¿cómo lo seremos cuando la manipulación venga por los mismos medios para temas de interés nacional? ¿De vida o muerte? Es todo un tema, ¿no creen?

¿En serio?

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