Estado fallido

¡40 kilos!

“Matthew McConaughey tuvo que bajar cuarenta kilos para poder hacer su película tan aclamada por la crítica, o como cualquier actriz de Hollywood, simplemente para hacer una película”, dijo Tina Fey en lo que fue uno de los mejores chistes durante los Globos en Oro.

Creo que solo las mujeres que hemos vivido presas de las dietas, y más aquellas que lo hacemos a sabiendas de lo que la pantalla hará con nosotras si no, realmente soltamos la amarga carcajada que se deriva de una realidad absoluta. La doble moral en términos corporales que el contexto del entretenimiento refleja tan bien en la vida real.

Yo sé de actrices que han tenido que bajar decenas de kilos, cuando no había un sobrepeso de por medio, para poder seguir simplemente trabajando. Sé de conductoras. Demonios, soy una de esas conductoras. Pero sería un terrible error pensar que el mérito de Matthew es tan limitado como eso.

En el caso de McConaughey era hora de quitarse esa imagen de delicioso galán de playa para adquirir, siquiera, la oportunidad de que se le diera el beneficio de la duda respecto a su credibilidad. Ya había hecho un par de trabajos que mostraban sus intenciones, pero aún era imposible pensar en él sin camisa sobre una tabla de surf disfrutando de la ligera vida californiana. Después de su transformación, pero sobre todo de su actuación en la cinta que se estrena el viernes en México, vaya que lo logró. Hay que decirlo con todas sus letras: en El club delos desahuciados lo más impactante de su actuación va más allá de la calaca de ser humano en la que se convirtió para interpretar a un hombre con sida que decide iniciar una especie de mercado negro de medicinas no aprobadas para su condición en los ochenta. No. En este caso en particular, lo más impresionante es verlo desgarrarse por dentro, siendo un típico homofóbico sureño de los años ochenta, para lograr entender que el sida no era un tema homosexual, aprender a su nada ortodoxa manera a lidiar con él, en el camino descubrir algo que jamás había sospechado: la empatía por otros.

A lado de Jared Leto, quien interpreta un transgénero (espero realmente estar usando el término correcto), nos llevan por unos de esos arduos caminos emocionales que suelen ser mucho más interesantes por las emociones que provocan que por la historia que cuentan. Por eso asumimos que de los pocos premios de la Academia que ya están cantados serán para ellos dos.

Si bajar 40 kilos es la peor monserga del mundo, sea para lo que sea. Pero eso no necesariamente te hace el mejor actor de mundo. Proyectar el descubrir de un nuevo y aterrador mundo y llevarnos por el sendero de las más remotas entrañas de la esperanza, eso sí es digno de un Oscar. No es una película fácil ni divertida. Pero es una cinta fascinante que de verdad no se deben perder.

¿En serio?

¿Cate Blanchett tuvo que cancelar sus entrevistas toda esta semana con tal de que no le preguntaran acerca de la vida personal de Woody Allen? ¿De verdad le podría costar el Oscar a nuestra Blue Jasmin semejante escándalo que en realidad se desató originalmente hace veinte años?

susana.moscatel@milenio.com