Estado fallido

¿Qué me importa el Tony?

Hay varias razones para estar interesados en los premios Tony que se entregarán este domingo en el Radio City Music Hall de Nueva York. Lo mejor al teatro de por acá “¿Y a mí qué?”, se preguntarán muchos que no sean fanáticos, pero hay al final del día (como dirían en Les Miserables, que en su regreso tiene tres nominaciones) todo llega a casa. Nos acaban de anunciar esta semana que se comienza a preparar El rey león para los escenarios mexicanos. Claro, ya vino de gira, pero esto sería una compañía local. Hace casi veinte años de que arrasó por acá ¿pero qué importa? Les aseguro que Frozen el musical tarda menos. Este año se celebrará la década de Wicked en Broadway, asunto que también ya llegó a México y tenemos a muchos de nuestros actores favoritos, como a Neil Patrick Harris (Los Pitufos, Cómo conocí a tu madre) impactando con puestas en escena que ya se han montado a nivel experimental en México: Hedwig and the Angry Inch y que sin duda acabaremos viendo a nivel profesional muy pronto.

¿Qué más? Este enamoramiento entre Broadway y Hollywood se pone muy divertido. Hugh Jackman, quien es de los pocos que con solo pararse en un escenario genera una ovación de pie en la Séptima Avenida, dejará las garras para conducir otra vez. Y habrá grandes como Clint Eastwood, que está a punto de presentar su versión cinematográfica de Jersey Boys, otro musical eterno que ahora llega al a pantalla grande. Todo esto nos tocará más temprano que tarde. Y el show suele ser extraordinario. ¿Ya empiezan a querer a Tony más que a Oscar? Yo… Sí.

Teléfono y telón

Hay que ser Kevin Spacey para poder darte el lujo de regañar a una de las mil cabezas que te ve en el teatro, particularmente en el glorioso Old Vic de Londres, a media función. Pero es que imaginen al actor tratando de interpretar a Clarence Darrow de la obra La herencia del viento, en el gran teatro que él encabeza, mientras la música de un celular crecía y crecía. Y nadie hacía nada.

Cualquiera que haga teatro sabe que este es uno de los grandes retos de estos días: ¿romper personaje o ignorar a una situación que cada vez se vuelve más insoportable? Por eso, no cualquiera se puede dar el lujo. Y muchos actores, aunque seguramente aprecian perfectamente el sentimiento de Spacey, seguramente nunca detendrían la función para decir: “Si no contestas el teléfono, lo haré yo”. El resto del público aplaudió con furor.

Así que ya que Frank Underwood tomó la iniciativa, aprovechemos para decirle a todos los que sacan sus teléfonos en el teatro lo siguiente: A) Se ve todo. ¿Creen que los actores, por más profesionales que sean, no ven sus caritas iluminadas por la pantalla de su aparato? Se equivocan. No importa el tamaño del teatro o la calidad del actor. Los pueden ver por más que no quieran. y B) ¿Creen que nadie se va a dar cuenta, que su teléfono es el que está sonando solo porque ponen cara de ‘quién fue (la famosa técnica de echarle la culpa al perro) mientras suena y suena el mentado aparato? Se equivocan. Y sus meras existencias serán maldecidas por muchos a su alrededor. Para muchos el teatro es una sagrada experiencia. Para otros, acudir es solo algo que hacer “para que me entretengan”. Ya sé, todos estamos enfermitos de nuestro teléfono estos días, pero la idea de un Kevin Spacey enfurecido puede ser un buen principio para buscar la cura, ¿no? Al menos en lo que baja el telón. 

susana.moscatel@milenio.com