Estado fallido

Tres hombres y una película

Hay tres hombres en mi vida que son mi barómetro cuando se trata de películas de verano. Me niego a pensar que es por esa condición que recibí en mi educación como mujer que las eternas escenas de batalla, confrontación y guerra me aburren hasta las lágrimas. No quiero ser ese cliché, bastante estorboso para alguien que se dedica a ver y a escribir respecto al cine, pero es un hecho en mi persona que, sea por lo que sea, me aburren épicamente.

Esto, sin duda, es un grave problema, porque estamos en pleno verano. Es peor problema todavía, porque el verano cinematográfico parece empezar ahora desde marzo o abril. ¿El resultado? Para cuando entré a ver la más reciente entrega de El planeta de los simios lo hice con un poco de esperanza de que la cinta se volviera a concentrar en el conflicto ético y moral de la confrontación de las especies. Del fascinante hecho de saber hasta dónde los chimpancés habían cobrado conciencia de sí mismos y cuál sería nuestra reacción ante semejante hecho. Esas cosas me interesan mucho más que ver cuántas balas salen de un calibre no sé qué y qué tan rápido se puede manejar una lanza hechiza en tiempos apocalípticos. ¿Es porque soy snob? ¿Es porque soy mujer? No lo sé, pero sí sé que no estoy sola, muchas veces así me hace sentir el  verano.

No es mala esta versión de El planeta de los simios, pero cuando te despierta de un sueño semiprofundo por una explosión (me temo que también me pasó en Godzilla) algo no está del todo bien en mi relación con la película. Ya sabía el conflicto y sentía que ahora tendría que esperar a que acabaran los madrazos para llegar a la conclusión que ya conocía desde el principio. Agradecí profundamente la inexplicable destreza de Andy Serkis, cuyos movimientos son capturados con exactitud para que interprete al líder de los Simios, César. Reconozco la maestría técnica con la que se hizo todo, pero me hizo falta, como me pasa muy seguido con los remakes de esos grandes clásicos, la sensación de que estaba viendo algo de lo que me acordaría para siempre, como ocurrió con la versión con Charlton Heston. Bueno, de la que me acordaría pasado mañana. ¿Saben qué? Para ver a dos grupos de seres matarse trágicamente, todos pensando que tienen la razón todo el tiempo, mejor pongo las noticias.

Así que siempre que me encuentro en este momento de agotamiento visual y cinematográficamente bélico, pienso en esos tres hombres que tanto respeto en la vida. No podían ser más diferentes. Uno está lleno de conocimientos fantásticos respecto al hombre y sus manifestaciones. Sabe más que nadie en el mundo acerca de los héroes y antihéroes de nuestra ficción y siempre está fascinado por aprender algo nuevo. Lo observo viendo estas películas y me doy cuenta cuánto las goza. Se reía de  mí, porque me gustó el romance (excesivo asegura) entre Peter Parker y Gwen Stacey, en la más reciente entrega de Spider-Man. ¿Qué les cuento? Me dijo “niña”. Lo soy. Pero trato de ver más allá. El segundo es mi mejor amigo y el más grande y maravilloso macho alfa del planeta. Dale testosterona, será feliz. No hubo nada que discutir. Para él la historia antes de los trancazos solo es un mal necesario. ¿Y luego? Mi otro mejor amigo. Aquel al que llamo “mi Marido Gay”. ¡Se sabe divertir en todas esas escenas más que los primeros dos! Entre más en la torre se dan, hace los mejores comentarios sarcásticos del mundo, y solo de imaginar lo que está pensando, me río. Es mi persona favorita para ver este tipo de películas, sobre todo en un cine vacío, donde no molestemos a nadie.

En fin, tengo que ver todas estas películas. Y nunca dejaré de agradecer a estos tres hombres (y a varias amigas que cumplen con la misma función), por darme la suficiente perspectiva para entender por qué esto funciona a tantos niveles. Particularmente con seres brillantes, como ellos, pero también con el resto del mundo. Sea como sea, en lo que va del año, la cinta que más me ha gustado con estas características ha sido Al filo del mañana. Tiene todas las explosiones y tranquizas que quieran, pero salí sintiendo que me contaron una buena historia. Es lo único que me importa al final de la película.

¡Eso, eso, eso!

Bien por Roberto Gómez Fernández y su capacidad de entender que la tétrica sátira de Enchufetv sobre Elchavo del ocho no debía ser censurada. Un fenómeno como El chavo está mucho más allá del bien y del mal y de cualquier deseo (por más extraño que parezca) de rendirle tributo.

susana.moscatel@milenio.com