Estado fallido

¿Pero qué necesidad?... de la hipocresía

Soy esa persona insufrible en la fiesta o en la comida familiar que se indigna y acaba dando ese evidentemente molesto discurso a quien se le haya ocurrido presumir de cómo consiguió baratísimo o gratis la película o serie que aún no ha sido estrenada. 

Soy la que cada vez que amaba un disco se indignaba con sus amigos, que en vez de querer comprarlo, me pedían que les quemara una copia (lo pueden googlear, millennials, junto con laser, discs y cassettes).

Sé que esto me hace tan adorable como los anuncios de “tengo un papá pidata” que tan famosos fueron en nuestros cines, pero tengo buenos motivos.

Para empezar, he visto a muchísimos amigos muy talentosos quedarse sin trabajo porque la mayoría de las personas piensa que la propiedad intelectual no es algo por lo que tengan que pagar. He visto hermosos y brillantes proyectos caer por lo mismo. Y yo misma sé que si viviera en un país que respeta esas leyes, podría vivir de manera razonable con los trabajos que he realizado independientemente al periodismo las últimas dos décadas.

He vivido cómo adaptaciones y traducciones propias son tomadas como si fueran propiedad de nadie, levemente alteradas y puestas en televisión y en el teatro, con alguien más llevándose el crédito y el trabajo. Sé lo que se siente, y no, no está padre en absoluto.

La ley de derechos de autor, los tratados, los acuerdos de la industria, la ANDI y todas las instituciones involucradas suelen ser tan complejas y variantes que saldría mucho más caro en la mayoría de los casos defenderte con un buen abogado que pelear por tus derechos. Y menos contra las transnacionales.

Todo esto para contarles que me parece increíble que, con o sin razón, se arme semejante escándalo por parte de la delegación Cuauhtémoc (otra vez) y el Invea (el Instituto de Verificación Administrativa) ante las primeras funciones de Amor Eterno de Omar Suárez con música de Juan Gabriel en el teatro San Rafael.

Hágame usted el favor.

 Pueden poner sellos con un teatro lleno de gente (muchos gritaban secuestro y no con poca  razón), pero por supuesto que jamás se van a acercar siquiera a los puestos de música que no solo pululan por esa zona, sino por toda la Ciudad, por todo el país, en cada carretera, vendiendo copias de la música, cuyos beneficios nunca llegarán ni al artista ni a sus deudos.

Claro, aquí se trata de Juan Gabriel. Hay millones en juego. Y está delicada la materia. Solo un abogado o más bien un juez podrá concluir los detalles legales de si esa obra tenía todo en orden para levantar su telón o no. Pero estamos actuando como si por primera vez descubriéramos que la música se vende, en algun formato y otro, de manera no del todo transparente.

Las canciones, por ejemplo, se podrían usar tan solo unos segundos sin tener que pagar regalías especiales para hacer un musical con la obra de alguien. Pero cuando esa obra está en juego, cuando los herederos siguen guardados y sin soltar mucha información, cuando los deseos del compositor de música mexicana más prolífico de estos tiempos solo son dimes y diretes, habrá problemas.

Solo quisiera que si las autoridades se van a poner así ante el horrible crimen de usar la propiedad intelectual ajena lo hicieran parejo.

Hay millones y millones más en juego en todos esos puestos tolerados que en un musical. Así que basta con la hipocresía, actúen en respuesta al derecho, no a las influencias.

¡Que alguien me explique!

Ahora que Barack Obama entregó sus últimas Medallas de libertad honrando a personajes como Ellen DeGeneres, Michael Jordan, Robert DeNiro y el creador de Saturday Night Live Lorne Michaels no puedo dejar de preguntarme con dolor: ¿quién estará ganando estas medallas en un año?

Twitter: @SusanaMoscatel