Estado fallido

En eso, las francesas tienen razón

“¿Qué opinas de lo que tantas mujeres, incluyendo a Catherine Denueve han hecho público en el texto de Le Monde?”. Ha sido una pregunta recurrente los últimos dos días y estoy segura que no estoy sola en verme en la extraña posición de tener que contestarla. Pero lo hago, porque como mujer en los medios, como mujer que ha defendido cada paso de los derechos a la equidad que buscamos, y como ser humano que está asqueada por casos de abuso como el de Harvey Weinstein, también soy capaz de darme cuenta cuando un discurso ha cambiado.

Si algo me da tanto miedo en esta vida es que un violador es un fundamentalista. Y las dos cosas tienen algo en común, imponen a la fuerza. Destruyen y acaban con cualquier posibilidad de salir bien y muchas veces de sobrevivir a las situaciones horribles.

Y aquí es donde hay que tener todo el cuidado del mundo. Por supuesto que hay que denunciar el acoso sexual. Pero tener todo el cuidado con las equivalencias falsas. No es lo mismo aquellos como Weinstein o Spacey, que estando en posiciones de poder se salieron con la suya tanto tiempo, a una persona que está tratando de seducir, aunque sea de manera “repetitiva y torpe”, como dijeron las francesas. Debemos tener herramientas para detenerlos, por supuesto. Pero no queremos nosotras convertirnos en las tiranas a las que todos teman tratarnos como seres humanos, ¿o sí?

La delgada línea está en una sola palabra: poder. Y qué se hace con él. Por ahí, en las respuestas al texto publicado en Le  Monde una mujer respondía, “a diferencia de las norteamericanas, a las francesas nos enseñaron a abrazar nuestra sensualidad y usarla como más nos convenga. Ahora me están diciendo que no es una herramienta válida para salir adelante. ¿Quién es el tirano en esta historia?”. Gran y muy interesante punto de vista, porque lo que muchas norteamericanas viven auténticamente como una agresión y quieren detener, ellas consideran un potencial halago y saben mucho mejor como lidiar con ello. Así las educan. Es un choque de culturas, pero es cierto, el tema ha llegado a un extremo tal que sí podría inducir a un puritanismo, que estoy segura nadie en Hollywood quiere. Lo que ellas exigen es el derecho a no ser agredidas. La discusión está en ¿cuándo es y cuando no es agresión?

Llevamos con esto toda la vida. En México lo vivimos el año pasado de muchas maneras y vaya que aquí tenemos mucho más de que preocuparnos las mujeres con agresiones reales, constantes, fatales. Pero eso nunca debe ser confundido con un discurso que no permite que los hombres participen. Que los vuelva nuestros enemigos. Al contrario. Los queremos de aliados, colaboradores, amantes, amigos. Los necesitamos. Y ellos a nosotras. Hay que saber quién es quién.

Rose McGowan, una de las mujeres que sufrió terriblemente ante los abusos de Harvey Weinstein, fue una de las voces más fuertes para iniciar este movimiento. Desgraciadamente ahora ella se dedica a hablar mal de otras mujeres que lo apoyan, las llama hipócritas, se molesta que no la invitaron a los Globos de Oro y prepara, desde hace ya algo de tiempo, su programa en E! para hablar de su batalla. Muy válido. ¿Pero para qué descalificar a las demás? Este es un gran ejemplo de las consecuencias de las cosas cuando se radicalizan.

La misoginia es una realidad en todos lados. Pero es peor cuando nos atacamos entre nosotras. Lo que sí podemos hacer es no necesariamente estar de acuerdo y eso es lo que apuntaron en esa interesante carta de Le Monde (que por cierto ya tuvo una seria oposición en casa). No hay que crear una cultura que trate igual a un violador que a alguien que saluda efusivamente. O hace un mal chiste. En eso, las francesas tienen razón.