Estado fallido

Me enfermé de mi tele


Oigan, ¿saben lo que pasa cuando a alguien profundamente hiperactiva como una servidora tiene por prescripción médica quedarse quieta y en cama, por lo menos cinco días? No es un asunto nada agradable en absoluto. Particularmente desagradable para mi control remoto de la tele, que sufrió las más profundas consecuencias de mi ira y frustración pasiva. Pero ni modo, la salud (aunque definitivamente no la mental) va primero y ya que uno de mis síntomas era la vista borrosa entendí con tristeza la cantidad de libros y textos que tenía que leer y escribir ahí abandonados. Me resigné a escuchar la tele.

No puedo decir que pase por todos los canales, ni estoy hablando por el esfuerzo particular de ningún compañero (a fin de cuenta, me incluyo en esa lista), pero después de escuchar por quinta vez un “señora bonita, compre usted…” casi abandono el antibiótico recetado con ganas de acabar con todo, a través de una pandemia que mutó por mi cuerpo. Así que le cambié para ver, por decimosegunda vez un horrible infomercial de un corpiño cualquiera. Ya saben, esa voz de emoción y pito de su locutora nos podría hacer pensar que estaba diseñado para desarmar a Corea del Norte y Pakistán de una solo puesta. Adiós. Me encerré en el baño.

Entonces, opté por la televisión de paga y debo decir que me sentí un poco mejor. Por lo menos sé exactamente qué van a hacer Mónica y Rachel para molestar a Chandler y a Joey sin que Phoebe y Ross se enteren. ¿Cómo no hacerlo? Según mis cálculos es la vez número 17 que veo ese capítulo. Este año. Entonces le moví un poco y dentro de mi alucine por la temperatura que marcaba mi termómetro me emocioné, ¿Será posible que haya un capítulo de Dr. House que no haya visto? Estaba a punto de llorar de la alegría cuando me di cuenta: era el  mismo en el que mi House adorado desobedece a Cuddy y salva al paciente. Pero en español. ¿Algún astrofísico que me pueda venir a explicar cómo funciona el zapping?

Para ese entonces ya estaba bastante deprimida, así que me asomé a ver qué estaba haciendo nuestra rescatista favorita, Laura Bozzo. Digo, sea lo que yo tuviera, quien estuviera en la pantalla (incluyendo a la conductora) tendría que estar peor que yo, ¿no? ¡Perspectiva, gente! Perspectiva. Aguanté minuto y medio y volvió mi náusea.

Buscando algo que encajara con mi humor negro, fui feliz de ver que mi gurú de lo amargo, Joan Rivers, está destajando moda y buen gusto. Todo duró unos minutos de alegría hasta que pasamos rápidamente a la versión nacional del Fashion Police. Ough! Miren, mis respetos, con lo que tienen, lo hacen muy bien. Insisto en que Alexis de Anda es un gran talento. Sí, sabremos mucho más de ella de aquí en adelante, pero les faltan tres cosas primordiales para salir adelante como deberían: Joan Rivers, una industria de la moda nacional  y, un país que se sepa reír de sí mismo (no nos hagamos México somos buenísimos para reírnos de los demás, ¿pero de nosotros mismos?).

Luego vi por séptima vez Behind the Candelabra con Michael Douglas y Matt Damon, obligándome a preguntarme una vez más si es realmente tan buena como creo o si en realidad yo soy un hombre gay de clóset celebrando la existencia de la diamantina. Cuando funcione este antibiótico tal vez tenga algún tipo de respuesta.

Pero cerrando con mi lado muy femenino, agradezco profundamente a TBS que cierre tantas de nuestras largas noches con, por lo menos, cinco o seis capítulos de Sex & the City. Se los agradecería mucho más si tuvieran a bien no cortar las escenas y conversaciones de sexo. O solo pónganle... la ciudad.

¿Alguien tiene un mejor, legal y no televisivo remedio para dormir?