Estado fallido

Mi dragón no es un "Hobbit", ¡eh!

Mientras millones de mujeres en el mundo entero se pelean por un boleto para ver el horror de 50 sombras deGrey, existimos toda una especie de entes raros que encontramos el placer de cosas muy distintas, como la nostalgia y la preocupación. En el caso de quien les escribe, debo decirles que la noticia de que mi película favorita de Disney de todos los tiempos tendrá una nueva versión me tiene emocionada y (sin duda) agobiada.

Pero Mi amigo el dragón (Pete’s Dragon, 1977) no es un recuerdo más que quiero que metan a la licuadora de éxitos de Hollywood para la actualidad edulcorada y con pura gasolina de efectos especiales. No quiero que ese disco amarillo transparente, que me acompañó con sus sonidos durante tantas noches antes de dormir, y las maravillosas canciones que se escuchaban en  la historia, se convierta en algo que sirva al buró de turismo de una país que pelea con todos sus recursos para ser la nueva sucursal de los estudios de Hollywood.

No quiero que porque los estudios de Peter Jackson en Nueva Zelanda llegaron a un muy lucrativo acuerdo con Disney para hacer esta película, ésta acabe buscando al mismo público que ama a El Hobbit y que no le importa que un lindo libro de fantasía, que se puede leer en un par de  horas, se convierta en tres películas eternas y exprimidoras de quincena.

Sobre todo, lo último que quiero es que el maravilloso Elliot, el dragón animado que le daba compañía Pete, el huérfano, acabe pareciendo una macabra y misteriosa criatura de la Tierra Media. La primera vez que supe de un faro fue por Mi amigo el dragón, y la metáfora de aquella luz cubriendo al mar como la esperanza de que un ser amado regrese nunca dejará mi baúl de emociones primarias.

Esta cinta fue también de las primeras que unieron a la animación (dibujada a mano, por supuesto, era 1975 cuando la empezaron a hacer) con actores reales. Pero, a diferencia de Mary Poppins, era una fantasía con la que sí me podía identificar. Todos los niños teníamos algún lugar, esa cueva, donde nos sentíamos protegidos de los rudos elementos de la vida. Elliot era el más adorable contenido de esa cueva, en un pequeño pueblo inventado de Maine, llamado (creo que así se escribía) Passamaquoddy (también es una tribu de nativos norteamericanos, pero eso no tiene nada que ver).

La cosa es que tan solo al escribir esto mi mente ya voló a un millón de lugares fantásticos y diferentes. Y por años y años pregunté en Disney que si tenían memorabilia del fantástico Elliot. Lo único que conseguí fue una hermosa pieza de colección del final del desfile eléctrico de Main Street, en el cual el glorioso dragón prácticamente cerraba con lo que a mis ojos infantiles parecían todos los focos verdes del mundo. Solo espero que no pierdan el espíritu de todo esto. No será una de las cintas más famosas de Walt, pero, sin duda, sí una de las más hermosas de todos los tiempos.

¿En serio?

¿No han visto esa maravillosa reseña publicada por un periódico de Yucatán acerca del concierto de Luis Miguel que nunca ocurrió? Hasta se dieron el lujo de criticar el color de su bronceado en el escenario que nunca pisó.   

susana.moscatel@milenio.com

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