Estado fallido

El consejo de Jacobo

Estos días se contarán muchas historias de Jacobo Zabludovsky y la mayoría de ellas narradas por personas que hicieron una carrera y vida al lado y gracias al maestro. Yo no tuve ese privilegio a nivel profesional, pero les puedo contar otro lado hermoso de la historia. ¿Recuerdan el cariño con el que él narraba su infancia recorriendo, como buen niño curioso, cada recoveco de la Merced?

Eran los tiempos en que México acababa de abrir sus puertas a los inmigrantes del mundo, particularmente de Europa, y una nueva generación trabajaba arduamente para crear una gran vida en este maravilloso país. El cariño con el que Jacobo contaba esos tiempos es testimonio fundamental de una de las cosas más fantásticas de México. En esos tiempos toda una generación, que llegó con nada, como fue el caso de los padres del periodista, salieron adelante con trabajo, trabajo y más trabajo. Eran tiempos complicados en el mundo entero, pero los que tuvimos la fortuna de tener abuelos y bisabuelos que llegaron después de las grandes guerras y que lograron salir adelante de esa manera somos grandes privilegiados. Para muchos de nosotros, Jacobo representaba esa gran generación.  Recuerdo que cada vez que contaba esas fantásticas historias yo pensaba en mi abuela y sonreía. Es una historia de llegar a un país y regresarle con amor y trabajo esa oportunidad de vida. Años después, cuando pude hablar con Jacobo al respecto, fue en efecto lo que me dijo.

No estoy ciega a las críticas hacia el periodista, sobre todo por sus tiempos como titular en 24 Horas.  Creo honestamente que son críticas que se deben repartir a todos los que pretendían trabajar en la televisión en esos tiempos. Pero ese es asunto para otro día. Y en definitiva no es con lo que me quedo de Jacobo.

Hace muchos años, cuando yo empezaba en este trabajo, mi padre me invitó a comer con Zabludovsky. Tenían un asunto que comentar y no le di tregua hasta que prometió llevarme con él. Cuando llegamos al lugar ahí estaba ya Jacobo, temprano y elegante.

Amable y sonriente. Después de mi discurso de agradecimiento él me preguntó, “¿por qué quería ser periodista?” Le dije que no me imaginaba siendo otra cosa. 

Él sonrió y me dijo algo como esto. “Ese es un buen principio. Solo un principio. Cuando te conviertes en periodista nunca dejas de serlo. No esperes una vida fácil, pero sí una de la que te podrás sentir orgullosa”.

Desde mi fuente y mi trinchera siempre he luchado para que así sea. Y siempre le agradeceré a este hombre la generosidad con la que me compartió esas palabras. Jacobo hizo periodismo hasta el final. Cerró su historia donde la empezó: en la maravillosa radio.

No puedo creer que ya no lo escucharé al aire, pero sospecho que su voz, tan única por tantos motivos, siempre se quedará por aquí.  

susana.moscatel@milenio.com

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