Estado fallido

Como las de antes

¿Cuántos niños salimos de teatro San Rafael, ya varias décadas atrás, sabiendo que algo tan extraordinario había pasado que nuestras vidas cambiarían, para bien, para siempre? El diluvio que viene, El violinista sobre eltejado, Mi bella dama … Debo confesar que ayer, en ese mismo y maravilloso recinto, al escuchar las palabras de los productores Juan Torres y Guillermo Wiechers hablar de que ellos también habían tenido esa experiencia, me sacaron lágrimas de la emoción. Todo en el contexto del estreno de La fierecilla tomada.

Lo que lograron reunir en ese escenario es un tema para la historia del teatro en México. Lo dijo claramente Torres al describir cómo, a principios de los noventa, durante la segunda vuelta del Diluvio que viene, Héctor Bonilla y Mariana Levy entregaron sus personajes del cura Silvestre y Clementina a Roberto Blandón y a Mónica Sánchez Navarro (maravillosa actriz e hija de Manolo Fábregas). Más de una década antes, Héctor y Mónica nos habían enamorado como la pareja que enfrentaba el amor más imposible de todos. Y ahí estaban los tres sobre el escenario nuevamente. Y en el público, la maravillosa Talina Fernández, como en representación de su hija en una noche tan especial y llena de amor.

Pero eso no era todo. Resulta que Héctor Bonilla y la siempre impecable y esplendorosa Jaqueline Andere nunca habían estado juntos en el San Rafael, hasta ahora. Y como esa historia, también la presencia de Ari Telch, quien pisó ese escenario hace ya más de 30 años con el Violinista sobre el tejado por primera vez.

No acabaríamos de decir todas las historias que se encontraron en ese estreno y todas las emociones que se vivían por los que amamos al teatro. Ver a Manolo Sánchez Navarro revisando que todo en el teatro estuviera perfecto, a tantas personas de otras producciones, a tanto talento sobre el escenario y en las butacas, me hizo sentir que ese momento de absoluta euforia e inspiración que nació en el teatro San Rafael hace ya tantos años era una experiencia compartida. Honestamente no sé cómo lo lograron Wiechers y Torres, estoy impactada y agradecida. Y sé que no estoy sola.

En cuanto a la obra en sí, es como las de antes. Blanca, divertida, un poco larga, con más énfasis en los personajes que en la historia pero, como lo dice el maravilloso personaje de Héctor Bonilla, capaz de sacarte de tu realidad un rato con una hermosa tonada que te llevas contigo.

Jaqueline y Chantal están divinas. Yo las veía y solo podía imaginar la emoción de vivir una experiencia así con mi madre. Qué bueno que los productores esperaron a que Chantal tuviera a su bebé. Vaya que valió la pena. Es difícil hablar de todos simplemente por espacio, pero el talento que derrocha al bailar y cantar Mauricio Martínez es para llorar de la emoción.  Blandón está de risa loca. ¿Y qué decir de Héctor Bonilla? Tal vez no estoy siendo objetiva, porque como niña de siete años, viéndolo sobre ese mismo escenario encarnar al cura Silvestre, me enamoré por primera vez. Me enamoré de un personaje y del teatro, para siempre. Pero lo increíble es que con el pasar de los años él no solo nunca ha decepcionado, sino que cada vez es mejor. Qué noche.

¿En serio?

¿Estamos listos para lo que venga con el avance de la película de Luis Estrada: La dictadura perfecta? Predigo desde ahora que será la película del año. Por todo tipo de motivos. 

susana.moscatel@milenio.com