Estado fallido

La buena y la “¿qué diantres fue eso?”

¿Vieron ya El gran hotel Budapest, de Wes Anderson? Por favor corran a hacerlo porque es, probablemente, una de las cintas más bonitas que verán en su vida. Es cierto, ver cualquier trabajo de este director en particular es un deleite visual y emocional al cual muchos se tienen que ajustar. Pero es que hay muy pocos directores en la historia del cine de quienes podemos ver tan solo un cuadro de su obra e identificar de inmediato. Es inconfundible y me parece que es lo más importante que ha hecho el también director de Rushmore y MoonriseKingdom.

No tiene ni la menor importancia que sean enormes estrellas de cine las que aparecen y se van de la pantalla, porque los personajes son mucho más poderosos que la personalidad de la celebridad. De golpe se nos olvida que estamos viendo a Ralph Fiennes, Jude Law, Bill Murray, Jeff Goldblum, Adrien Brody o Tilda Swinton (nunca me di cuenta de que era ella hasta ver los créditos).

Es mágico el mundo de Anderson. No es para todo mundo, pero cuando uno es cautivado por los gestos de sus personajes nunca quiere salir de ahí. Tal vez por ello algunos nunca entrarán y de lo que se perderán. De la carcajada pura con el descaro de que de pronto un personaje rompa la regla de oro para voltear a ver a la cámara como si retara a quien lo ve. O las expresiones completamente anacrónicas de los protagonistas cuando son sorprendidos, dejándonos exactamente en el mismo estado a nosotros, pero con un encantamiento añadido. Y la fotografía es como para tratar de secuestrarla para nuestros sueños más profundos. Así que ¿ya vieron El granhotel Budapest? Si no, les sugiero que lo hagan porque ya vienen en camino más monstruos y mutantes para quedarse con esas pantallas muy pronto. Y mientras tanto…

¿Qué fue eso?

Está bien. Fue mi culpa por meterme al cine sin preguntarme primero por qué una película, de la cual nunca habíamos oído hablar, estaba en la sala más grande del complejo, subtitulada y doblada al español y con la insólita clasificación “A” destacada como si esa fuera la mejor razón del mundo para entrar a verla.

Esa cinta se llama Dios no está muerto y es el más torpe y burdo intento, de lo que ahora he denominado como “evangelización telenovelera”, que he visto en mi vida. Miren que a su lado La rosa de Guadalupe parece una colaboración entre David Fincher y Francis Ford Copola. Los “malos” son peores seres humanos que El MochaOrejas, La Mata Viejitas y Kim Jon-Ill hechos bolita. Claro, estos horribles seres humanos que son cosas espantosas como maestros de filosofía existencialista, musulmanes creyentes o corredores de bolsa, verán la luz, pero no antes de someternos a un par de horas de sus villanías con menos dimensión y profundidad que un chapoteadero de balneario barato.

Insisto, culpa mía por meterme ahí, pero la sinopsis me prometía un buen debate teológico entre los personajes principales y la verdad ya me aventé a todos los superhéroes habidos y por haber de la cartelera. Quería algo con sustancia. Lo que conseguí fue una lección del porqué la teoría del Big Bang es solo un mal pretexto para negar a Dios y varios discursos para desacreditar a todos los científicos agnósticos del mundo, abanderados por el pobre Stephen Hawking, que ni la debía ni la temía en esta telenovela gringa de propaganda religiosa. ¿Que si llegó a ser tan mala que en ocasiones era divertida? Sí. A ratos. Pero el humor negro se me quitaba al pensar que hay tanta cosa buena por ver y tanta batalla por esas pantallas. ¿Habrá pagado alguien para poner eso ahí? ¡Qué cosa!

¿En serio?

¿Barack Obama se vio obligado a comentar una nota que se publicó en TMZ sobre los comentarios profundamente racistas del dueño de los L.A. Clippers, Donald Sterling?

susana.moscatel@milenio.com