Estado fallido

El año del "selfie"

Pocos bautizos de fenómenos sociales han tenido el efecto que el de las selfies. Por si ustedes han vivido debajo de una roca o simplemente son sanas personas que no están apegadas a las redes sociales y a los lentes de sus múltiples camaritas, les recuerdo que hace un par de meses el diccionario de Oxford denominó a ésta como la palabra del año, haciéndola oficial y generando un fenómeno alrededor.

Cuando algo tiene nombre comienza a existir en una especie de consciente colectivo. Y aunque la historia del hombre indica que la primera selfie puede ser atribuida a un hombre australiano que se cayó por ebrio en una fiesta y se tomó la foto para compartirlo (nada agradables sus labios), hasta el mismo Paul McCartney ha tomado crédito por el fenómeno social que, sin duda, se hizo mucho más común desde que los celulares y tabletas tienen el lente de su cámara por ambos lados.

En una entrevista con Jimmy Fallon, el ex Beatle aclaró que él había inventado este tipo de fotografías, cosa que ocurrió justo después de que el comediante que lo entrevistaba mostrara una foto de un muy joven Paul frente al espejo y con su cámara. Los puristas (¡sí! Ya hay puristas de las selfies) aseguran que desde principios del siglo pasado, en cuanto una cámara acabó por accidente frente a un espejo empezaron a nacer estos autorretratos.

Pero más allá de quien lo inventó (Al Gore sí tuvo que ver con el internet y la gente lo sigue tomando como un gran chiste) lo interesante es en que se ha convertido el fenómeno desde que se oficializó la palabra. Ahora selfie es un sinónimo de vanidad absurda. De un autoenamoramiento que se pierde todo dejo de buen gusto. Uno se imagina a Paris Hilton, Katy Perry, Lindsay Lohan y Eiza González fascinadas antes de salir al antro y no aguantando la necesidad de decirse a ellos, a través de sus propias redes sociales lo hermosas, o buenas o sexys que se ven con sus atuendos casi inexistentes.

Pero no hay que satanizar a la selfie. En estos tiempos en los que la vida social de tantos transita entre wifi y wifi, para bien o para mal, esta es una interacción social que pasó en un par de meses de ser razonablemente aceptable a la epitome de la jactancia y presunción. ¿Qué tal si simplemente no había nadie más ahí que tomara la foto?

Hace unos días me encontraba a mí misma tratando de documentar para las futuras generaciones, con mi iPhone, mi presencia en los Emiratos Árabes. Habían lugares extraordinarios que quería capturar para siempre, pero como no soy fotógrafa profesional y que las postales están mucho más bonitas, elegí cuidadosamente mis selfies para recordar mi trayecto. No había de otra, había sido un viaje de trabajo y estaba sola pero feliz. Feliz, debo decir, hasta que pasaron unas mujeres tapadas con su burka murmurando alegremente. Pude ver cómo los ojos de una de ella se enfocaron en mi persona y lo único que entendí (eso de no hablar árabe, caray) fue algo que sonaba como turista y otra palabra que definitivamente era selfie.

Me regresé al hotel y compré un libro de postales. Bienvenida al mundo, palabra selfie. Gracias por arruinar la diversión.