Estado fallido

Sufrir con las estrellas

¿Con qué derecho digo que salí molesta de ver Bajo una misma estrella (The Fault of our Stars) si el cine entero estaba cayéndose de lágrimas de la conmoción? “¿Será que ya no tenemos corazón?”, le pregunté a mi amiga con la que estaba compartiendo mi reacción de franco enojo ante lo que yo sentía que era un ejercicio directo de manipulación emocional. “Sí. Seguramente ya nos pasó eso”, me dijo. Nos reímos y luego callamos un poco nerviosas. Esto de ver tantas películas y reseñarlas, de pronto se vuelve el ente más odioso de la sociedad entera. No perdonamos nada. Por más que queramos dejarnos ir, es muy difícil que no entre esa, nuestra disfunción profesional que no nos deja solo vivir las cosas. Grave error.

Así que traté de hacer un ejercicio de objetividad. Después de todo, este es el libro que ha movido los corazones de millones de adolescentes en el mundo y trata con algo un tanto más profundo que si los vampiros o los superhéroes. Se trata de adolescentes con cáncer terminal y su exploración por saber qué será de sus seres amados, del mundo, del mero hecho que existieron cuando inevitablemente dejen de existir. Es materia ruda. Y es un romance entrañable también. Con personajes bien dibujados y (en el libro más) multidimensionales. ¿Por qué salí tan enojada?

¿Será que la cinta me obligó a sentir cosas que no quería? Probablemente. Pero ese es parte del paquete al tener un boleto para ver Bajo la misma estrella. Te friegas, te enfrentas. O te sales y ves Maléfica, que seguirá en el cine al lado. Mi queja es la siguiente. Se excedieron. El tema es lo suficientemente trágico en sí. Y decidieron usar recursos, de producción y narrativos que rebasaron los límites hasta el terreno de la manipulación. Y no era necesario. El soundtrack es fantástico, pero ciertas canciones en algunos terribles momentos son un triple jaque mate. ¿Para qué? Y luego, ¿ciertas analogías con otros personajes jóvenes de la historia condenados a morir por motivos distintos pero igualmente devastadores? Créanme, aventarle una dosis de Hitler encima al cáncer adolescente no es necesario para que entendamos la desesperanza de la situación.

Así que salí perturbada. Me sentí manipulada. Pero creo que el problema es mío, porque me defendí. Me defendí desde el primer momento de la cinta. Desde que supe que iban a hacer todo lo posible para que amara a la joven condenada a una lenta muerte. Mientras tanto veía a mí alrededor a decenas de niñas con lágrimas en los ojos, pero llevándose la lección de que lo que importa es lo que haces mientras estás aquí, no la manera ni el tiempo en el que te acabaras haciendo. Y me di cuenta de qué tan bien funciona este drama. No. No es para mí. Aún le tengo un profundo resentimiento. Pero a pesar de ello, con todas sus fallas y evidentes trampas, logró ganar todo mi respeto cuando lo pensé otra vez a la mañana siguiente.

¿En serio?

¿Secuela de Maléfica? ¿Se encontrará con otras villanas como Úrsula, Cruela de Vil y Madame Mim y harán su propia liga de la injusticia incomprendida? ¿Sería políticamente incorrecto a niveles imperdonables hacer un chiste sobre el síndrome premenstrual o de la menopausia con esas cuatro en mente?  

susana.moscatel@milenio.com