Estado fallido

"Selfies": reivindicando el placer culposo

Ahora que los ratings de los Premios de la Academia han dejado claro que hubo más audiencia que en la última década Ellen Degeneres, la conductora, puede estar feliz. En México los ratings también subieron de manera significativa a otros años, y aunque aquí lo podríamos atribuir al efecto Cuarón, queda claro que hay temas más allá de lo cinematográfico que llaman poderosamente la atención de la gente. Y esos temas se pueden resumir en dos fantásticos placeres culposos: las pizzas y las selfies.

¿Qué decirles de la pizza? Poco que no se haya dicho ya desde que sus orígenes, supuestamente en 1889, empezaron a evolucionar para que ésta sea lo que es hoy. Así que mejor veamos al otro nuevo fenómeno social que son las selfies y su nuevo gran poder universal para hacerlo todo.

De entrada, se calcula que la fotografía que acabó tomándose con un teléfono Samsung y que reventó Twitter por un buen rato (efectivamente rompiendo un récord mundial que antes tenía Barack Obama) equivaldría a haber pagado 18 millones de dólares en publicidad si nos apegamos al tarifario publicitario del Oscar, considerando el tiempo que el teléfono estuvo a cuadro y en primer plano (sin añadir el star power que tuvo frente a la lente y que se prestó con singular alegría al chiste/comercial). Pero resulta que la marca ya era patrocinadora del evento, así que cuando Ellen sugirió la idea le pidieron que lo hiciera con ese y no con su propio teléfono.

 ¿El dato curioso? Ellen siguió mandando y mandando tuits desde las bambalinas del teatro Dolby pero con su iPhone. Así es esto señores. Son cosas que pasan, como cuando la cantante Alicia Keys, quien tenía un contrato millonario para promover Blackberry se dedicó a mandar tuits con su iPhone. Es un truculento mundo el de la publicidad, la tecnología y el entretenimiento.

 ¿Lo curioso? Desde que el término selfie fue acuñado de pronto tomarte fotos a ti mismo se volvió una mezcla entre placer culposo y acto de hedonismo. En estos tiempos en los que hay una compulsiva (¿enfermiza?) necesidad de documentarlo todo resulta bastante curioso ver como a muchos nos han hecho sentirnos hasta culpables por estirar la mano y sacar nuestra propia foto. Lo que antes era un acto de independencia (o de no querer andar jorobando al prójimo pidiéndole que nos tome fotos) de pronto era una autoindulgencia vergonzosa e irrisoria.

 Pero hasta en las selfies hay especies señores. No es lo mismo la foto en el baño con pose de mujer protuberante semidesnuda en camino al antro, que Bradley Cooper estirando el brazo y tomando la foto que incluía la combinación más extrema de salarios de todo el mundo (y al hermano de Lupita Nyong’o). Desde ese momento y memes relacionados al tema (vieron la versión en la que aparecía Lucía Méndez (para llorar de la risa) el concepto de selfie cambió. Francamente no sé si se reivindicó y ya llegó a ser satirizada al punto de que la ridiculez la volvió aceptable y hasta cool. Casi, casi como lo que ha hecho Christian Castro con su carrera, quien pasó del ridículo a ser un héroe de lo kitsch. ¿En donde acabarán las selfies en nuestra extraña y veloz conciencia colectiva? No estoy segura, pero la noche del Oscar definitivamente algo hizo por este fenómeno social. No sé qué aún, pero algo.  

 ¿En serio?

¿Hasta los Simpson tienen ya su selfie a la Ellen? 

susana.moscatel@milenio.com