Estado fallido

"Selfies" bajo fuego

Los organizadores del Festival de Cannes habían pedido a los asistentes a las alfombras rojas que fueran tan amables de no hacer el ridículo de estarse parando cada dos metros para tomar selfies. Peor aún, las alfombras con acceso al público donde las estrellas pasan más tiempo sonriendo ante teléfonos ajenos que mostrando sus grandes galas o incluso que dando entrevistas para promover la película que se presentarán ahí.

Y tenía que ser una mexicana la que rompiera la regla, pero esto lo digo sonriendo y a la buena. Los franceses, aunque tienen razón sobre nuestra obsesión con nosotros mismos, los lentes fotográficos y la fama, en ocasiones dejan que la formalidad de sus ceremonias maten la diversión. Salma Hayek los ignoró y aunque fue en su conferencia de prensa y no en la alfombra de su película Il Racconto dei Racconti dejó una imagen que a muchos hizo sonreír después de tan serio evento.

Pero el hecho de denostar estos autorretratos telefónicos no es un asunto que solo se está dando en espacios como el festival de cine de Cannes. Díganme la verdad. Si ustedes son de aquellos que tienen un archivo digital de los momentos significativos de su vida, paso a paso y rostro a rostro, ¿no han sentido miradas burlonas últimamente cuando sacan el bendito aparato para recordar el sándwich que se están comiendo (o lo que sea) para la posteridad? Yo sí.  Y aunque me he encontrado en situaciones que no quiero dejar pasar, lo cierto es que en más de una de ellas me ha vencido la presión social de no ser ridícula. ¿Qué les digo?

Mucho de esto tiene que ver con la simple idea de que estamos siendo unos egomaniacos por comportarnos así. Algo hay de ello. La otra, con el hecho de que ya no podemos simplemente vivir la vida, sino que tenemos una imperiosa necesidad de documentarla. Así que la experimentamos a través de una pantallita, en lugar de en tecnicolor real.

Los últimos meses hemos visto como los selfies sticks han sido sistemáticamente prohibidos de festivales de música, eventos deportivo y muchos otros shows masivos. Esto está muy bien para quien esté en la parte de atrás y quiera ver un espectáculo y no un montón de teléfonos flotantes. Y también es buena idea que la gente no entre en una situación volátil, donde generalmente hay altas pasiones, multitudes y alcohol, con un palo que fácilmente se podría volver letal en una mala situación. ¿Pero qué hay de nosotros? Los pobres reporteros de televisión que descubrimos el accesorio hace años, cuando todavía ni nombre tenía. Cuando estamos en una situación de viaje o repentina y hay que grabar algo para televisión era una herramienta maravillosa. La primera vez que la compré era algo tan raro que querían cobrarme 400 dólares (ni de loca) y me decían que jamás iba a encontrar uno en México. Estos días la cosa es muy distinta. Cuando trato de grabar con mi selfie stick la gente me ve con cara de “cuánto te has de adorar”. Cosa que ni admito ni desmiento, pero nada tiene que ver con la guerra contra las selfies. Y lo peor: no tengo ni la menor idea con qué lado de la trinchera me identifico aquí.

¡Que alguien me explique!

¿Soy la única que siente que Supergirl es apenas una migaja de compensación en un mundo donde los superpoderes están todavía peor distribuidos que los sueldos entre hombres y mujeres? ¿Por qué el cuate es un “man” u hombre con todas sus letras y ella es una “girl” niña o en el mejor de los casos “chica”? ¿Podrían manejar el concepto de Supermujer?

susana.moscatel@milenio.com

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