Estado fallido

Odio las quinielas

Con el Oscar a cuatro días de distancia, y ya instalados en Hollywood hablando con los compañeros de la prensa, los organizadores de la ceremonia y, sobre todo, viendo los pósters, publicaciones y todo tipo de campañas para llevarse la estatuilla el domingo, hay un ambiente casi electoral en esta ciudad.

Siempre en esta temporada me veo envuelta en esa muy incómoda situación en la que, a la buena o a la mala, alguien te reta para que adivines los ganadores del Oscar. “¿Te dedicas a esto, no? Tú debes saber”.  Y es cierto, después de pasar el año viendo todas estas películas, hablando con sus creadores e intérpretes y preparando entrevistas y emisiones al respecto, uno pensaría que estamos perfectamente capacitados para prevenir qué demonios va a pasar por la cabeza de la mayoría de los más de seis mil miembros de la Academia. Pero no es necesariamente cierto. Ni remotamente.

A veces, esta cercanía con las producciones en lugar de ayudar, te resta objetividad. Saber tanto acerca de una cinta y de lo que implicó para su gente llevarla a cabo te hace ver cosas que no necesariamente se reflejan en la pantalla. Y ese suele ser nuestro primer error cuando le entramos a las quinielas.

El otro lado de la moneda, sin embargo, es mucho peor. Es cuando tratamos de entender esta contienda electoral por sus fines políticos. Es cuando tratamos de imponer una lógica ajena a nuestro corazón y, peor aún, a nuestra razón o criterio. Por ejemplo, me he pasado explicando y explicando que a pesar de que Michael Keaton es mi actor favorito de todos los tiempos, no es por eso que es mi gallo… eh, pájaro, para ganar mejor actor.

La mayoría dice que será Eddie Redmayne, por su interpretación de Stephen Hawking en La teoría del todo, y no me puedo molestar por ello. Pero me he descubierto dando discursos de lo triste que sería que se lo dieran a Bradley Cooper por El francotirador simplemente por cuestiones patrioteras. Me enojo y aún no ha pasado nada. Me justifico y digo que mi quiniela no es lo que quiero, es lo que creo. Y a estas alturas creo que ya no sé nada, porque tengo demasiada información en mi cabeza.

Así que sí. Odio las quinielas. Creo que no quiero responsabilizarme por nada. Para los control freaks, como una servidora, es espantoso tener que declararte a favor de algo que no depende de ti. Podemos jugar a las estadísticas, ver por quién están apostando en Las Vegas, analizar los descarados cabildeos en Hollywood, ver quién le metió más dinero a su campaña, considerar el clima político y las características demográficas de los votantes. Podemos vivir inmersos en estas películas el resto de nuestra vida. Pero lo cierto es que cualquier conocimiento que tengamos acerca de lo que es, o no, una buena cinta, puede trabajar en nuestra contra a la hora de las mentadas quinielas. Que gane el mejor, yo mejor solo gozaré la ceremonia. 

susana.moscatel@milenio.com

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