Estado fallido

#Llámenme Caitlyn

“No cambias de sexo para un programa de televisión”, dijo Caitlyn Jenner a Vanity Fair en el reportaje de más de 22 páginas que volará de los estantes en cuanto empiece a circular. Pero la historia de este megacampeón olímpico va mucho más allá; es una de las más fascinantes de nuestros tiempos mediáticos y, sin la menor duda, es una que cambiará conciencias alrededor del mundo.

Para quien no haya estado pegado a los titulares de la farándula los últimos años y a los del deporte en los años setenta, esta es la historia. Jenner fue indiscutiblemente el decatlonista más destacado del mundo por años y años. Era todo un atleta, símbolo sexual y muestra de lo que se puede lograr con el empeño atlético. Era el ídolo de muchos de nosotros todavía años después, cuando quien lo recuerda en esos Juegos Olímpicos del 76 nos contaba sus proezas.

Pero Jenner, ahora narra, nunca se sintió en paz con el evidentemente privilegiado y muy trabajado cuerpo con el que había nacido. Y así pasó tres matrimonios hasta que aterrizó en el lugar de más alto perfil en lo que próximamente sería la nueva fama mundial: el de los reality shows. Se casó con Kristen Mary Houghton, entonces conocida como Kris Kardashian, y por supuesto, madre de Kim, Khloë y Kourtney Kardashian. Y vámonos, la fama de marido sufrido, mandilón y rodeado por mujeres caprichudas (pero brillantes para hacer dinero) es por lo que todas las nuevas generaciones lo conocían.

Es una historia que, queramos o no, ha estado presente en el consciente popular. E! se ve en gran parte del mundo. Y donde pongan un programa de las Kardashian, hay rating. Así de simple.

¿Así que se pueden imaginar lo que Bruce sentía día a día rodeado por estas mujeres? Sobre todo cuando en sus adentros, él siempre supo que era una mujer que había nacido con el cuerpo equivocado. Ahora, imaginen hacer esto, vivir esta transformación, tomar esta decisión literalmente  frente al mundo entero. De los ojos que juzgan, que no entienden, que entran en shock. Y además, el nunca poder quejarse porque, a diferencia de los que sí son artistas, el clan Jenner-Kardashian se vendió por completo en su intimidad a los ojos del mundo. Nos pertenecen porque ellos decidieron enriquecerse así, con su vida privada, sus dolores, sus alegrías, sus divorcios e infidelidades para quien quiera consumirlos.

Le creo a Caitlyn Jenner cuando dice que no cambió de sexo por dinero. Pero también le creo cuando dice: “No soy tonta, si puedo ganar dinero de esto, lo haré. Tengo gastos y esto es un negocio”. La vida es un negocio.

Sin embargo, y a pesar de haber sido una especie de circo mundial, hay un valor muy importante en lo que estamos viendo aquí. La diversidad viene en muchos y muy diferentes paquetes y pocos lo entienden. Incluso, miles de personas que están pasando por lo que pasó Caitlyn seguramente se sienten un poco mejor. Un poco menos solos y tal vez un poco más valientes. Así que llámenla Caitlyn. Bruce ya no existe. Y si quieren enriquezcan o no las arcas de la revista que se llevó la megaexclusiva con todo y fotografías de la afamada Annie Leibovitz. Pero no duden ni por un momento que esta historia no es un caso aislado. Es extraordinaria por todos sus extremos, pero miles y miles de mujeres y hombres se verán reflejados y seguramente soltarán un suspiro de alivio. Y los que estamos cerca de ellos y ellas, los y las queremos, también.

¿En serio?

¿Ya salieron famosos linchados en los medios por que le siguen diciendo Bruce en vez de Caitlyn? 

susana.moscatel@milenio.com

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