Estado fallido

Espionaje y acoso

Los que trabajamos desde hace años en el medio sabemos que hay básicamente dos tipos de gente famosa: Los maravillosos, cuya fama solo es consecuencia de su trabajo y luego están aquellos que trabajan para conseguir lo que consideran ser la maravilla de la fama. Casi todos acaban beneficiándose de ella, pero pagando un costo verdaderamente doloroso.

Hace algunos días fui a cenar con una amistad con alto perfil en el medio y que pertenece a la primera categoría. Es una persona maravillosa, talentosa, hermosa y por ello, reconocida. Esta persona nunca se ha metido en escándalos ni anda buscando atención personal. A pesar de ello, cuando salimos del restaurante nos percatamos que habían personas vestidas de negro escondidas detrás de los árboles, corriendo entre las sombras y siguiendo cada uno de los pasos que dábamos.

Sentí miedo. Mucho miedo. Claro que podemos asumir que lo que estos personajes rastreros (porque así se comportaban) era conseguir una foto que pudieran vender, pero uno no sabe si en realidad es un grupo de secuestradores, asaltantes o qué. Nada de eso sería extraño en nuestra ciudad. Y no había piedad ni vergüenza. Era como un asalto a mano armada de la imagen de una persona que había cometido el enorme pecado de tratar de tener una cena como la gente normal.

Como periodista me indigné todavía más cuando me di cuenta quién estaba informándole a estos tipos que debían estar ahí. El valet parking. Cuando creyó que no nos dábamos cuenta les hacía señales y nos hizo movernos y colocarnos justo en el camino de estos depredadores de la lente.

¿De verdad para eso luchamos día con día por la libertad de expresión? Qué fantástico que tengan el derecho legal de hacer estas fotos. ¿Pero cuántos teléfonos están intervenidos (sé de varios) por los pasquines que venden esta basura? ¿Cuántos actos de corrupción y falta de ética se requieren para que las ruedas de este percudido sistema sigan girando? Ya ni siquiera caeré en la inocencia de preguntarme cómo se sienten al respecto. A mí me queda muy claro.

Hace años, cuando yo era editora de una revista, aparecían estos personajes y siempre querían venderme sus fotos. Los despachaba tiro por viaje al reconocer que ese trabajo era comercial y gandalla, pero para nada periodístico. Desde luego que mi trabajo en esa editorial no prosperó. Y por supuesto que esa revista acabó desapareciendo luego de ser engañados por un fotógrafo que les vendió una foto vieja de un famoso, ahora casado, divirtiéndose en sus tiempos de soltero.

¿Pero qué hay de los que consumen todo esto sin el menor reparo? Muchos dirán que es el precio de la fama. Los invito una sola noche a sentirse acosados de segunda mano y verán que solo los que lo desean y cuya carrera es consecuente a eso, merecen vivir así.

¡Que alguien me explique!

¿Qué tendrá que ofrecer YouTube para que la gente le entre a su nuevo sistema de paga cuando por tantos y tantos años ha sido gratuito?

susana.moscatel@milenio.com

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