Estado fallido

Enfermos de su teléfono

El otro día estábamos gozando de una obra de teatro cuando comenzó a ladrar. Era un perro que aparentemente está atrapado en la bolsa de alguna señora sentada una o dos filas delante de nosotros. Extrañamente, el ladrido parecía hacerse más fuerte entre más transcurría el tiempo, pero por más que buscábamos al intrépido can entre las butacas lo único que encontramos fue a una señora que tenía cara de culpa y preocupación, pero que fingía demencia absoluta ante tan bochornoso incidente.

No había perro alguno, era el tono de su celular que evidentemente no había apagado cuando comenzó la puesta en escena. Y por la pura vergüenza de la situación optó por la inacción en lugar de hacer lo posible para dejar de arruinarle la noche a todos los presentes. Pero por lo menos esta señora tenía vergüenza, la mayoría de las veces la gente no siente ni la menor vergüenza por sacar su aparato a media función.

Miren que si en el cine esto es molesto, en el teatro es imperdonable. Les tengo dos noticias: a) sí deslumbran y sacan de la obra a todos los que se encuentran ahí y b) ¡los actores sí se dan cuenta y por más increíblemente profesionales que sean sí se distraen con semejante acto de “me vale madres que te estés entregando entero sobre el escenario”!

Ya habíamos tocado este tema antes pero ahora lo hago con esperanza y una sonrisa, porque creo que es muy posible que alguien haya inventado una muy interesante solución. La situación fue ésta: estábamos en el Teatro Aldama viendo un musical cuando de pronto uno de los compadres cercanos decidió que era el momento exacto para mandar una WhatsApp. Por lo visto no era la típica conversación clásica y entre susurros (en su ahora versión tecnológica) de “estoy en el teatro, te hablo al rato”, porque el tipo contestaba, reía, ponía corazoncitos, caritas y hasta la simpática “popó” que vive entre los emoticones. ¿Cómo lo sé? ¡No había manera de no verlo! Era una luz brillante, en medio de la obscuridad justo frente a mí.

Pero entonces, como si un francotirador hubiese decidido que él también se había hartado, un pequeño láser comenzó a merodear al sujeto. Sus piernas, su mano y finalmente directo a su celular. Desconcertado el compadre se lo trató de sacudir cual mosquito, pero el láser persistió. Cual perro de Pávlov, después de varios momentos de acondicionamiento se dio cuenta que era una protesta por sus acciones y sacado de onda a más no poder guardó el aparato.

No sé si él o la dueña del láser trabaje para el teatro o si era un ciudadano preocupado por ayudar al prójimo, una especie de superhéroe geek del teatro musical (que falta nos hace uno), pero durante el resto de la obra vi como se guardaban aparatos que nunca hubieran encontrado descanso gracias a la técnica. ¿Será el principio de una tendencia? ¿Funcionará a largo plazo? La gente hace muchas cosas hasta que es señalada por la sociedad, y ésta es una forma de hacerlo sin confrontación. Creo que vale la pena que otros teatros hagan el experimento y vean si funciona.

¿En serio?

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susana.moscatel@milenio.com